por Diego Chapinal Heras (UAM)
La obra Miradas a nuestra Antigüedad ofrece una interesante visión de la forma que hemos tenido de interpretar el mundo clásico, y especialmente la península Ibérica, y nuestro papel a la hora de desarrollar esta labor. El recorrido comienza en la propia Tardoantigüedad, como reza el subtítulo, con Isidoro de Sevilla, y continúa hasta llegar hasta la más cercana actualidad. Se trata de un trabajo necesario, que condensa un conjunto nada desdeñable de obras en las que encontramos diferentes perspectivas y maneras de entender ese periodo de la Historia.
Siguiendo un orden cronológico, los autores, Gloria Mora con los primeros tres capítulos, y Antonio Duplá con los cinco restantes, llevan a cabo una recopilación y análisis de la producción académica que gira en torno al estudio del mundo antiguo. Lo hacen además prestando atención a diversos aspectos, aunque principalmente – y sobre todo en los últimos capítulos – a la propia historiografía que ha analizado nuestra forma de hacer Historia y de mirar hacia el pasado. Lejos de limitarse a realizar un estudio puramente historiográfico, Duplá y Mora examinan la Antigüedad como un recurso intelectual, político y cultural recurrente, empleado para dotar de sentido al presente, para legitimar proyectos de poder y para articular relatos identitarios. Como no puede ser de otro modo, la idea de nación, siempre tan flexible y adaptable, puede considerarse el hilo conductor de este libro, en torno al cual podemos apreciar continuidades y rupturas. En este sentido, se parte del concepto de nación no como una realidad ahistórica, sino como una construcción discursiva que, como demuestran Duplá y Mora, se apoya de manera preferente en los tiempos antiguos, con los pueblos prerromanos, el periodo romano y la etapa visigoda como los tres bloques a tener en cuenta.
Tras la «Introducción» (pp. 5-9), en la que se exponen el objetivo y contenidos de Miradas a nuestra Antigüedad, Gloria Mora presenta los tres primeros capítulos, que abarcan desde la Tardoantigüedad hasta la Ilustración, donde vemos el desarrollo de la idea de lo antiguo y cómo el ámbito intelectual lo entendía y moldeaba, en un periodo en el que no existía la figura del historiador per se. El primer capítulo, «La imagen de Hispania en los orígenes de la historiografía: de Isidoro de Sevilla a Nebrija» (pp. 11-21), justifica la elección de quien fuera obispo de Sevilla como punto de partida, ya que su obra ciertamente constituye el modelo fundacional de las historias de España presentadas posteriormente. Aquí vemos ya el concepto de translatio imperii, aplicado a un reino visigodo que se va a mostrar como heredero legítimo de Roma. La genealogía política y cultural desarrollada en torno a esta idea será clave para los autores de los siglos siguientes. Además, paulatinamente se consolida una interpretación de la historia de Hispania sostenida en tres elementos clave: la base cristiana, la atención a un territorio concreto y a los pueblos que lo habitaron, y la concepción del pasado como modelo para explicar el presente. La combinación de dichos elementos lleva a definir ciertos rasgos de una supuesta identidad hispana que habrían perdurado en el tiempo. De este modo, las grandes crónicas del siglo XIII muestran con claridad el uso político del pasado antiguo, al servicio de los objetivos de los monarcas y sus reinos.
Seguidamente, en «La Historia Antigua de España en el Renacimiento» (pp. 23-39), Mora incide en que la recuperación crítica de las fuentes clásicas, y el interés por los vestigios materiales de la Antigüedad, no implican una ruptura con esta tradición, sino más bien su reformulación. Figuras como Nebrija, Margarit i Pau o Alfonso de Palencia integran la nueva erudición filológica y anticuarista en un discurso que va a seguir buscando en Roma y en los visigodos los fundamentos de la unidad política y cultural de España. Aquí se ve además la puesta en valor, por ahora de manera limitada, del papel de la Arqueología y de las antigüedades como fuentes de autoridad histórica. De hecho, el estudio de ruinas, inscripciones y monedas no se va a deber únicamente a un interés científico, sino que se inserta por ejemplo en una estrategia más amplia de legitimación del poder de los Reyes Católicos y, posteriormente, de la monarquía imperial de los Habsburgo.
El tercer capítulo refleja una serie de cambios que, sin suponer una ruptura con la tradición previa, sí muestran al menos planteamientos nuevos. Así, en «La historiografía ilustrada» (pp. 41-70), vemos el esfuerzo por depurar el relato histórico de leyendas y falsificaciones, si bien manteniendo al mismo tiempo algunos objetivos políticos muy concretos. La Ilustración es la época que ve nacer instituciones fundamentales en el estudio de la Historia en España, como, por ejemplo, la Real Academia de la Historia. También hay un impulso notable al desarrollo de grandes proyectos colectivos – diccionarios, mapas, corpus epigráficos –, que responden tanto a una voluntad de modernización científica como a la necesidad de reforzar la legitimidad de la nueva dinastía borbónica. En el fondo, se continúa proyectando sobre el pasado los ideales del presente, aunque paulatinamente, y según el autor, se va proponiendo una historia más integradora, que incorpora a los diferentes pueblos que han habitado la península Ibérica – aunque muchas veces con una imagen peyorativa cuando se trata, por ejemplo, de los cartagineses o los musulmanes – e incluso la América colonial.
El bloque de capítulos redactados por Duplá comienza con el periodo de la Revolución Industrial y el desarrollo del Romanticismo y los nacionalismos, una época llena de cambios e innovaciones que también influirán en la forma de hacer Historia y ver el pasado. En «La Historia Antigua en el largo siglo XIX» (pp. 71-98), el lector puede comprobar que la nación ahora es vista como un sujeto histórico dotado de rasgos permanentes, siendo la Antigüedad una tierra fecunda en la que se buscan las semillas, los orígenes. La lógica nacionalista lleva así a ensalzar personajes, como Viriato, y lugares, como Sagunto y Numancia, que se convierten en hitos obligados de un relato que exalta el heroísmo de los «antiguos españoles», caracterizados por su capacidad de resistencia y amor a la libertad. En este ámbito, Modesto Lafuente se consagrará con su Historia de España, publicada entre 1850 y 1867, estableciendo una perspectiva que sigue esta línea nacionalista y que en general perdurará hasta avanzado el siglo XX. Al mismo tiempo, el oficio de historiador se consolida, aunque todavía no hay especialistas en la rama concreta de la Historia Antigua.
La prueba del intenso desarrollo del estudio del pasado y la manera de llevar a cabo esta tarea se ve en el hecho de que los tres siguientes capítulos se centran en el siglo XX, incluyendo el primero de ellos la recta final del XIX, y dejando luego un octavo y último capítulo reservado para el XXI. En «Renovación metodológica, institucionalización y profesionalización (1875-1939)» (pp. 99-122), podemos apreciar la persistencia de algunas inercias ideológicas, siguiendo las ideas de Lafuente y otros autores, a la vez que se avanza en el proceso de profesionalización de la figura del historiador y la renovación metodológica del estudio del Mundo Antiguo. En general, la búsqueda del carácter nacional, el peso del medievalismo castellano-céntrico y la influencia del cristianismo, siguen condicionando la interpretación del pasado, destacando aquí Ramón Menéndez Pidal, entre otros. Por otro lado, se fundan más instituciones que serán fundamentales para un mayor desarrollo cultural y académico, siendo la Junta para Ampliación de Estudios el mejor ejemplo, en una línea que en lo educativo incluye a la Institución Libre de Enseñanza. Esta apertura – con todo, limitada – se ve, como bien se apunta en la obra, en la llegada de figuras extranjeras que ejercerán una influencia considerable. Pierre Paris y, sobre todo, Adolf Schulten, se convierten en referentes clave que contribuyen a interpretar el pasado del territorio español. Sin embargo, los presupuestos ideológicos que subyacen a sus interpretaciones impregnan buena parte de sus trabajos. En resumidas cuentas, la innovación metodológica es constante, pero también lo sigue siendo la interpretación que se da, aunque hay algunos nombres, como Rafael Altamira y Pere Bosch Gimpera, que presentarán perspectivas diferentes.
La dictadura que controló España durante casi 40 años hizo que la producción historiográfica de la época apenas tuviese referentes reseñables. En «Historia Antigua y franquismo» (pp. 123-146), queda patente que la ruptura que supuso la depuración y el exilio de numerosos intelectuales, y la imposición de un nuevo marco ideológico que bebía de las ideas más conservadoras de épocas pasadas, condicionó por completo el estudio de la Historia Antigua y la historiografía. En esencia, como es bien sabido, el régimen franquista reconfiguró el uso de la Antigüedad en clave nacionalcatólica. El pasado romano y visigodo se convirtió así en un instrumento de legitimación, reforzando la idea de una España unitaria, católica y homogénea. Por otro lado, esto no quita que se siga avanzando en la consolidación académica de la disciplina, como prueba que se impulse la rama específica de la Historia Antigua, con Antonio García y Bellido como cabeza más visible.
El capítulo VII comienza con el año 1966, por tanto, antes del fin del Franquismo, ya que fue un año clave al crearse las primeras cátedras específicas de Historia Antigua, concretamente en las universidades de Salamanca (José María Blázquez), Valladolid (Ángel Montenegro) y Granada (Marcelo Vigil). Este es el punto de partida de «Del nacimiento institucional de la Historia Antigua a la consolidación de la disciplina (1966-2000)» (pp. 147- 172). Independientemente de que las líneas de investigación todavía se vieran influidas por el régimen, los estudios sobre el mundo clásico finalmente adquieren un nivel que otras ramas de la Historia tenían desde décadas atrás. Al mismo tiempo, sin embargo, las dinámicas que se siguen en estos primeros estadios de la Historia Antigua como disciplina propia tienen una base que, aunque comprensible dado el contexto, no fueron positivas y además condicionaron en parte el desarrollo posterior. Duplá, con rigor y acierto, describe, por ejemplo, los hábitos de generación de nuevas plazas en el entorno de Blázquez, quien pasó sus últimas décadas como profesor en la Universidad Complutense. Pero más allá de redes clientelares y prácticas endogámicas, que en realidad todavía hoy suponen un problema en el mundo académico – si bien afortunadamente poco a poco se están superando –, la producción científica en la Historia Antigua y la Historiografía todavía necesitaban progresar, del mismo modo que la proyección internacional seguía siendo muy limitada.
Por otro lado, el último bloque del libro, que engloba al propio capítulo VII y también al VIII, «La Historia Antigua en el siglo XXI» (pp. 173-189), refleja una visión positiva en varios sentidos. En la comunidad académica, profesores como Domingo Plácido y Julio Mangas supieron ver en su momento cuáles eran las deficiencias y qué se podía hacer para superarlas. Se fomentaron nuevas perspectivas y enfoques, unidos a la creación de instituciones que mostraban con claridad tendencias de cambio, como es el caso del Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja, creado en el año 2002 en el seno de la Universidad Carlos III de Madrid. Del mismo modo, el número de especialistas en Historia Antigua ha seguido una línea ascendente, repartiéndose además por prácticamente todas las universidades del país. La proyección internacional se ha ido equilibrando, aunque quizá sea una de las barreras que necesitamos romper del todo.
Otro de los problemas que Duplá identifica en sus últimas páginas, con muy buen tino, es el distanciamiento entre la comunidad académica y un público general que, pese a estar interesado en el mundo clásico a través del cine, series, cómics o videojuegos, termina buscando información en ámbitos donde en muchos casos el rigor histórico es escaso. Ciertamente, los investigadores desempeñamos un papel esencial a la hora de hacer llegar el conocimiento del pasado a toda la comunidad. La divulgación científica, denostada hasta hace poco, es inevitablemente una necesidad que deberíamos cultivar con más esfuerzo. Finalmente, el «Epílogo» (pp. 191-194) con el que los autores terminan la obra sirve como colofón para plantear la situación que se vive en el presente el estudio de la Antigüedad, y de la Historia en general, con una serie de problemas estructurales – racismo, colonialismo, etc. – que en los últimos años se están debatiendo. El debate, al fin y al cabo, es fundamental para replantearnos nuestro propio oficio y objetivos.
Miradas a nuestra Antigüedad es sin duda es una obra de referencia para comprender no solo la historia de la historiografía española, sino también los mecanismos mediante los cuales el pasado antiguo ha sido utilizado para construir identidades colectivas y legitimar proyectos políticos. El dominio de una bibliografía amplísima es un fiel reflejo de su calidad, destacando además que se presente en formato de bibliografía comentada, al final de cada capítulo y organizada de acuerdo con los diferentes temas abordados. Quizá uno de sus mayores aciertos sea mostrar que la Antigüedad no es un objeto neutro, sino un campo de interpretación en permanente disputa. En una época en la que el pasado se ve moldeado en clave social y política de formas cada vez más diversas, la lectura de este volumen resulta no solo pertinente, sino necesaria.
