Historia Contemporánea (UPV), núm. 82, 2026

por Coro Rubio Pobes (UPV-EHU)

En las últimas décadas del siglo XIX, y sumergido en una profunda crisis, el carlismo mostró un interés por la historia inédito hasta el momento. «El trauma de la derrota bélica, la constatación de lo utópico de su propuesta y su reducción a una minoría en lo político, pero también en lo social y lo cultural, les hizo volverse al pasado por primera vez en busca de las glorias de su historia como sustento de la cultura política que defendían y como instrumento de difusión y propaganda», así como «de construcción de una identidad colectiva modernizada» (282). Con estas palabras describe Francisco Javier Caspistegui, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Navarra y uno de los mejores y más reconocidos especialistas en el estudio del carlismo, el interés que esta fuerza política mostró a partir de los años 80 del siglo XIX por la historia y la reivindicación de una memoria histórica propia. A ello dedica el detenido estudio que compone esta obra de 588 páginas, organizadas en trece capítulos y que suma al nutrido número de publicaciones que tiene sobre el carlismo, entre las que destacan las que en 2021 dedicó a su propaganda. Precisamente desde el profundo conocimiento de ella ha caminado hacia la temática de este libro, preguntándose por cómo la memoria sobre el pasado se convirtió en «necesidad y fundamento del afán propagandista» del carlismo y sosteniendo la tesis de que esa novedad fue parte de su proceso de modernización defensiva: la historia fue un camino para «defenderse de la modernidad modernizando» (143).

A diferencia del carlismo de los años 30, cuando la historia no despertaba su interés y lo que primaba era «el espacio de la experiencia» y no del relato, el carlismo de fin de siglo necesitó construir un porvenir, una expectativa positiva de futuro y descubrió la utilidad de vincular pasado, presente y futuro, explica Caspistegui. Y ese interés llegó al carlismo desde el neocatolicismo, otra de las tesis fuertes de su estudio, a la que dedica todo un capítulo, si bien son constantes en la obra las apelaciones al liberalismo español. También al contexto internacional, porque como ya señaló en su día Jordi Canal, no es posible estudiar el carlismo encerrados en el marco estatal. Así, el interés que el carlismo mostró especialmente por la Edad Media, por un medievo idealizado en el que veía unidad religiosa, ruralismo o caballerosidad en lucha contra la barbarie, lo observa Caspistegui como parte de un movimiento general en toda Europa a fines del siglo XIX. Pero fue en el Siglo de Oro, explica el autor, donde el carlismo encontró el ideal de la España tradicional, católica y heroica que servía de ejemplo para edificar una nueva era de grandeza. Y es que la historia, sostiene, no le interesó en cuanto conocimiento valioso per se, sino como repositorio al que acudir en busca de referentes morales sobre los valores defendidos. La obra disecciona la concepción carlista de la historia de España, y también la modulación que introdujo en ella la escisión integrista de fines de los años 80. Igualmente, estudia la prensa carlista como medio para difundirlas, atendiendo a sus recomendaciones y críticas bibliográficas, al papel de la prensa como prescriptora de «buenas lecturas» para las masas. Porque fue entonces cuando surgió una política sistemática de difusión cultural, de la mano singularmente de los sectores más jóvenes de un tradicionalismo en decadencia y dividido, pero que optó por una modernización técnica.

Se pregunta también Caspistegui por la existencia de una intelectualidad carlista, abordando en primer lugar el proceso de generación del propio concepto de intelectual, en el marco del affaire Dreyfus. Llega a la conclusión de que en el carlismo resulta difícil determinar la existencia de una intelectualidad al tratarse de un reducido número de individuos, no equiparables, pese a que tenían vínculos y se relacionaban en entramados asociativos, a las generaciones intelectuales de 1898, 1914 y 1927. No obstante, y aun reconociendo que se encuentran en el delgado filo de la categoría de intelectual, hace el esfuerzo de identificar nombres más allá de las figuras destacadas de Víctor Pradera y Juan Vázquez Mella, tales como Francisco de Paula Oller, Juan María Roma, Juan Bardina, Eustaquio Echave-Sustaeta, el marqués de Cerralbo o Tomás Domínguez Arévalo, conde de Rodezno, incluso añade a Emilia Pardo Bazán, cuya faceta carlista es poco conocida, si bien reconociendo que en esta identificación pesa el compromiso político de estos sujetos, muy activos en la esfera pública.

La parte final del estudio está dedicada al interés carlista por su propia historia, expresada sobre todo en la predilección por la biografía, interés que fue no obstante muy limitado. Y es que, aunque hubo iniciativas al respecto, no existió un esfuerzo investigador o creador de alcance suficiente para contrarrestar la atención que le prestaron autores no carlistas —sobre los que también se detiene Caspistegui— como Unamuno, Galdós, Baroja o Valle-Inclán, incluso extranjeros, algunos tan famosos como Oscar Wilde o, ya en los años 30 del siglo XX, Graham Green. Ahora bien, aunque carlismo mostró un limitado interés por su propia historia, no ocurrió lo mismo con sus «usos públicos». Hubo, explica Caspistegui, una preocupación por preservar la memoria del carlismo recopilando testimonios e incluso conservando elementos materiales de las guerras del siglo XIX, y esto fue más efectivo que si hubieran desarrollado una potente historiografía. Explica así cómo se utilizó el pasado en ritos y celebraciones en el espacio público, en la construcción de lugares de memoria, o incluso en objetos decorativos dentro del hogar. Y habla también de la difusión oral de testimonios de los veteranos, operándose de esta forma la trasmisión de una experiencia de guerra similar a la que explicó Mosse. Visitar el pasado a través de testimonios fue una forma novedosa de abordar la historia que permitió mantener viva «la querencia levantisca» del carlismo, afirma.

Y llega así la obra a los años 30 del siglo XX, cerrándose con un último capítulo dedicado a observar cómo esa memoria cultural se trató de transformar entonces, tras la reunificación de las diversas ortodoxias carlistas (legitimistas-jaimistas, mellistas e integristas), en «memoria comunicativa» —es el concepto que emplea, tomado de Jan Assmann—, y lo hace estudiando dos vías: la celebración de conferencias públicas en cines y teatros, y la organización de los centenarios del carlismo y de la muerte de Zumalacárregui, elevado a la condición de santo secular. No tuvo mucho éxito en esto, explica Caspistegui, pero sí fue efectiva la construcción de una memoria bélica como factor de interrelación generacional y de identidad. Y ello tuvo profundas consecuencias: «la socialización de sus integrantes en un ambiente saturado del recuerdo de un pasado guerrero, favoreció que se asumiera con naturalidad la opción bélica frente a un enemigo existencial. Llegado el momento, las retóricas de la tradición, la lealtad de los veteranos, o el discurso martirial, canalizados en décadas de propaganda, facilitaron una reacción que hizo del enfrentamiento una cruzada» (493). Así, soñando en ayer, el carlismo se preparó para el enfrentamiento contra la II República.

En conclusión, el estudio que realiza Caspistegui en este libro enriquece no solo el conocimiento del carlismo, sino que permite entender mejor su participación en el golpe de Estado contra la II República en 1936. Con una prosa de calidad, un rico marco conceptual, un selecto aparato bibliográfico, y una cuidada edición, la obra constituye una importante aportación a los estudios sobre el carlismo.

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