MAR Mundo Antiguo en Reseña, vol. 3, 2024

por Agnès Garcia-Ventura

Universitat Autònoma de Barcelona

Arnaldo Dante Momigliano (1908-1987) alertaba en 1959 de las consecuencias funestas que podían derivarse del hábito de sus colegas de profesión de “prendere la storia della storiografia come un passatempo domenicale, per quando si è stanchi del vero lavoro storico e non si ha energia sufficiente per leggere i libri, ma solo per sfogliarli”[1]. Antonio Duplá, Christian Núñez y Grégory Reimond refieren una parte de esta cita en su introducción al volumen que aquí se reseña con optimismo, como ejemplo de una afirmación que hoy en día, en su opinión y por fortuna, ya no puede sostenerse (pp. 7-8). En efecto las publicaciones de reflexión historiográfica son cada vez más frecuentes, también las dedicadas a la historia antigua, y campos afines como los estudios sobre recepción del mundo antiguo también están en auge. Pese a ello, todavía hay colegas que asentirían ante la descripción de Momigliano. El camino recorrido es notable, pero también lo es el que queda por recorrer, así que cualquier contribución al mismo, como la que aquí nos ocupa, debe ser motivo de júbilo. Felicitamos, pues, en primer lugar, a los editores por la iniciativa y por el excelente resultado.

Pasión por la Historia antigua cuenta con 18 capítulos precedidos de una introducción (pp. 5-14) y seguidos de una muy útil selección de bibliografía sobre historiografía tanto de la historia antigua, como de la arqueología y de la tradición y recepción clásicas (pp. 385-394). Cierran el volumen los perfiles biográficos de autores y autoras (pp. 397-402) y un índice onomástico (pp. 405- 410). Cada uno de los 18 capítulos se dedica a una personalidad destacada en el estudio de la historia antigua. En cada uno se presentan datos biográficos, contexto, temas y obras, repercusión a posteriori y bibliografía tanto producida por la persona a la que se dedica el capítulo, como sobre esta misma persona y sus aportaciones.

A continuación listamos las personalidades académicas protagonistas de estos 18 capítulos, refiriendo también en cada caso la autoría de cada capítulo (un dato que solo se consigna al inicio de cada capítulo y no en cambio en el índice general del volumen, pp. 411-415): Edward Gibbon (1737-1794) (a cargo de Eleonora Dell’Elicine, pp. 15-30), George Grote (1794-1871) (a cargo de Laura Sancho Rocher, pp. 31-50), Johann Gustav Droysen (1808-1884) (a cargo de Gloria Mora, pp. 51-71), Theodor Mommsen (1817-1903) (a cargo de Antonio Duplá-Ansuategui, pp. 73-93), Numa Denis Fustel de Coulanges (1830-1889) (a cargo de Grégory Reimond, pp. 95-114), Jane Ellen Harrison (1850-1928) (a cargo de Rosa María Cid López, pp. 115-136), Mijaíl Ivánovich Rostóvtzeff (1870-1952) (a cargo de Antonio Aguilera, pp. 137-159), Eric Robertson Dodds (1893-1979) (a cargo de Ricardo del Molino García, pp. 161-178), Joseph Vogt (1895-1986) (a cargo de Christian Núnez-López, pp. 179-199), Ronald Syme (1903-1989) (a cargo de Mikel Gago, pp. 201-221), Arnaldo Dante Momigliano (1908-1987) (a cargo de César Sierra Martín, pp. 223-239), Moses I. Finley (1912-1986) (a cargo de Ricardo Martínez Lacy, pp. 241-261), Santo Mazzarino (1916-1987) (a cargo de Jordi Cortadella Morral, pp. 263-283), Elena Mikhailovna Staerman (1914-1991) (a cargo de Mariano J. Requena, pp. 285- 301), Geoffrey E. M. de Ste. Croix (1910-2000) (a cargo de Carlos García Mac Gaw, pp. 303-322), Jacqueline de Romilly (1913-2010) (a cargo de Julián Gallego, pp. 323-341), Nicole Loraux (1943-2003) (a cargo de Ana Iriarte, pp. 343-364) y Peter Robert Lamont Brown (1935-) (a cargo de Clelia Martínez Maza, pp. 365-384).

En otras reseñas de este volumen publicadas hasta la fecha pueden leerse resúmenes de cada uno de estos capítulos, así como también observaciones acerca de la siempre parcial elección de unos perfiles biográficos que, por fuerza, desatiende otros que también habrían sido de interés[2]. A continuación, con el fin de minimizar la reiteración, no insistiremos en estos aspectos, sino que nos fijaremos en algunos que se plantean de manera transversal en el volumen y que nos parecen relevantes para una reflexión no solo de la praxis académica pasada en el sector de la historia antigua, sino también de la presente. En nuestra opinión, esta es también una de las razones de ser de la historiografía. Articulamos estas cuestiones a partir de tres temas paraguas: en primer lugar, las condiciones de producción de quienes se dedican a la historia antigua; en segundo lugar, el conocimiento situado; y, en tercer lugar, las reflexiones metodológicas.

Es bien sabido que son muchos los factores que condicionan la producción del conocimiento y, por ende, los resultados finales que se obtienen. En varios de los capítulos se muestra como algunos elementos vinculados a la identidad, a la personalidad y al contexto sociohistórico de los perfiles estudiados condicionaron su acceso a la formación especializada y también a la carrera académica. En este sentido, es interesante ver cómo una movilidad académica forzada o elegida, que en algunos casos deriva en trayectorias vitales bastante nómadas, puede ser motivo de desasosiego (como sería el caso de Rostóvtzeff, capítulo 7) o motor para la creatividad (como sería el caso de Brown, capítulo 18).

Por otra parte, también se evidencia en varios capítulos del libro cómo en contextos sociales y culturales antisemitas, patriarcales o xenófobos, ser leído como judío, mujer o extranjero puede condicionar la carrera académica. Pero estas identidades leídas, a veces también sentidas, nunca son monolíticas, y sus consecuencias a nivel profesional tampoco lo son, como demuestra la lectura comparativa de los perfiles de las cuatro mujeres que se estudian en el volumen (Harrison, Staerman, de Romilly y Loraux, en los capítulos 6, 14, 16 y 17 respectivamente). En este sentido es revelador constatar que mientras que Harrison, a finales del siglo XIX, no consiguió ejercer como profesora en las universidades británicas donde habría deseado trabajar (pp. 120-121), de Romilly fue la primera mujer que contó con el honor de ser professeur en el Collège de France (pp. 325 y 345-346).

Un segundo elemento que es patente en todos los capítulos es que el conocimiento es siempre conocimiento situado. El interés por las desigualdades, con el foco en la esclavitud como caso de estudio paradigmático en historia antigua, la formación de las identidades nacionales, el interés por los momentos de crisis o los procesos interpretados como revolucionarios son temas que se abordan desde una preocupación por el presente en que vivieron quienes se interesaron por ellos en el pasado. Buena muestra de ello son las reflexiones que se presentan en capítulos como los dedicados a Gibbon, Grote, Droysen, Vogt, Syme, Mazzarino o Staerman (capítulos 1, 2, 3, 9, 10, 13 y 14, respectivamente). También en este sentido en varios capítulos se reflexiona acerca de cómo debe abordarse la relación entre presente y pasado para un estudio riguroso de este pasado. Aquí las posturas son dispares y cambiantes, también con el paso del tiempo, como puede verse en reflexiones que se presentan sobre todo en los capítulos dedicados a Mommsen (p. 79), Fustel de Coulanges (p. 100) y sobre todo Loraux, con su controvertida publicación “Éloge de l’anachronisme en histoire”, texto que, por su vehemencia, Iriarte presenta como “artículomanifiesto” (p. 360).

El tercer hilo que conecta los varios capítulos es una reflexión metodológica omnipresente, como no puede ser de otro modo en un volumen dedicado a la historiografía. Aquí queremos destacar dos aspectos que nos parecen fundamentales y que aparecen con frecuencia. Por un lado, muchas son las aportaciones de los historiadores e historiadoras que se tratan en este libro que defienden el valor de la multidisciplinariedad. Por el otro lado, se insiste en la necesidad de un buen conocimiento de las fuentes primarias.

En lo referente a la multidisciplinariedad, sociología, filosofía o antropología son algunas de las disciplinas académicas que, tejidas junto con la epigrafía, la arqueología, o la filología, no solo enriquecen, sino que incluso debería admitirse que posibilitan, el estudio de la historia. En varios capítulos se insiste pues en la necesidad de un abordaje de la historia antigua tan holístico como sea posible. Se aboga así por una aproximación que tome en consideración fuentes variadas, y no solo las fuentes escritas que tradicionalmente se han tomado como punto de partida para la historia antigua, así como una interpretación enriquecida desde los marcos teóricos forjados en varias disciplinas académicas. Los más claros exponentes de estos postulados, con análisis también de las dificultades que supone tal praxis académica, así como de las resistencias con que a menudo choca, los encontramos en los capítulos dedicados a Droysen, Rostóvtzeff, Dodds, Loraux o Brown (capítulos 3, 7, 8, 17 y 18, respectivamente).

En cuanto al buen conocimiento de las fuentes primarias, éste puede leerse en dos vertientes. La primera, quizás la más directa, aboga por una sólida formación en las lenguas clásicas que se usan en las fuentes escritas que han sido las protagonistas privilegiadas a partir de las que se ha escrito la historia antigua. Nótese que, tradicionalmente, esta historia antigua se ha centrado en Grecia y en Roma, dejando por lo tanto fuera de sus límites otras geografías y cronologías. Asimismo, también se han dejado fuera de la disciplina otras fuentes. Sería interesante abordar (y desbordar) estas exclusiones en los próximos años en nuestra praxis académica, ampliando por lo tanto los límites de esta tradición con una historia antigua más plural. En cualquier caso, esto no significa dejar de lado las fuentes escritas tradicionales, y no en vano varios son los capítulos en los que se destaca la sólida formación en latín, griego, incluso hebreo, de varios estudiosos. El caso más paradigmático sería el de Brown, de quien Martínez Maza subraya su “minuciosa erudición y su don de lenguas […] (domina un total de 26)” (p. 380).

Otra vertiente de este necesario buen conocimiento de las fuentes primarias se interpreta aquí como la necesidad de leer directamente los trabajos de quienes se estudian en este volumen, sin intermediarios, considerando por lo tanto estos trabajos como fuentes primarias básicas para cualquier aproximación historiográfica. En este sentido, el capítulo 1, que Dell’Elicine dedica a Gibbon, alerta de los peligros de las “lecturas de segunda mano” (p. 23). Asimismo, Sierra, en el capítulo 11, dedicado a Momigliano, advierte el “desconocimiento del autor entre las nuevas generaciones de historiadores, lo cual es palpable en el día a día de las aulas” (p. 223). Si antes defendíamos que la historiografía tiene como una de sus razones de ser no solo el conocimiento de la praxis académica pasada, sino la reflexión sobre la presente, consideramos que otra de sus razones de ser es dar a conocer y fomentar el acercamiento directo a propuestas que ya son clásicos modernos, en muchos casos. La “pasión por la historia antigua” que se anuncia en el título y que se transmite en muchos de los capítulos de este volumen es sin duda un catalizador que fomenta este acercamiento. También por ello cabe congratularse cuando ve la luz una publicación como la presente.

[1] Arnaldo Momigliano. Recensión de Helmut Berve, Storia Greca. Bari: Laterza, 1959. Rivista Storica Italiana, 71(4), 1959, p. 665-672. Cita extraída de la p. 672.

[2] En la página web de Urgoiti Editores pueden consultarse las referencias de las reseñas y los textos de las reseñas mismas.

Obras relacionadas