Carmen García Monerris
Universitat de València
Desde hace años, la editorial Urgoiti viene empeñada en algo que los historiadores valoramos grandemente: la edición crítica de autores clásicos y alguna de sus aportaciones más significativas, precedida de extensos y rigurosos estudios introductorios. El sello editorial deja entrever a las claras que fue en su momento impulsado por historiadores. Son libros hermosos, de cuidada edición, pero también muy útiles al investigador, al tiempo que ponen al alcance del gran público aportaciones clásicas de la historiografía.
El nombre de la editorial es un homenaje al gran empresario y editor Nicolás Urgoiti (1869-1951), director de La Papelera Española, fundador del periódico El Sol (1917) y de la editorial CALPE (1918), más tarde fusionada con la de los hermanos Espasa y que daría lugar a la conocida Espasa-Calpe en 1925 (FERNÁNDEZ ROMERO, 2007)
Los nombres que integran la colección «Historiadores» son ya una pléyade: Fernández de Navarrete, Altamira, Danvila y Collado, Lafuente, Maluquer de Motes, Tuñón de Lara, Cánovas del Castillo, Reglá, Ruiz Martín, Tomás y Valiente, Forner, Prescott, Pérez Bustamante, Fernández Almagro y tantos otros. Más de sesenta títulos y autores que consolidan la idea inicial del proyecto de concebir, en palabras de sus impulsores, la historia como «un hacer cultural».
Uno de los últimos publicados está dedicado a Miguel Artola, concretamente a dos de sus trabajos referidos a Gaspar Melchor de Jovellanos y a Agustín Argüelles. Separados ambos por más de cuarenta años, ofrecen, sin embargo, una muestra evidente de la continua preocupación del historiador vasco por uno de los temas y por el momento histórico que más contribuyó a renovar: el de la revolución liberal en España y, concretamente, el de la relación entre Ilustración y liberalismo.
Sentí bastante confusión cuando se me ofreció la reseña de esta espléndida edición. Espléndida no solo por el autor objeto de edición, sino también por el estudio preliminar que la acompaña, a cargo de Ignacio Fernández de Sarasola. Casualidad o no, Artola y Fernández Sarasola personifican uno de los aspectos en los que siempre me sentí especialmente cómoda y a gusto: el de la proximidad entre disciplinas académicamente separadas, pero intrínsecamente dependientes y necesarias. En este caso, la historia (tout court) y la historia constitucional.
De Miguel Artola siempre recordé a ese formidable profesor, de físico tan imponente como el de su magisterio intelectual, que estuvo especialmente unido a nuestro Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat de València en las décadas de los ochenta y noventa. Según sus palabras, le gustaba venir por aquí porque «trabajábamos mucho, no como en otros sitios». Y a nosotros nos gustaba que viniera porque, además de sus aportaciones historiográficas, reconocíamos en él a la persona que, sin un compromiso político explícito, era capaz, como buen liberal, de respetar el nuestro si venía acompañado, como lo estaba, por un manifiesto interés por el trabajo. Tanto a él como a Juan José Carreras (y como indispensable intermediario entre los dos y nuestro departamento a Pedro Ruíz Torres) debemos en gran parte su consolidación y el que en su momento se pudiera convertir en un referente de la Universidad española en su materia.
Comentar o reseñar trabajos de un profesor que formó parte del tribunal de mi plaza como profesora titular me seguía imponiendo. Con Artola participé también en alguno de los encuentros que celebró en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, a propósito del Estado o de la historia de Hacienda. Por su parte, pretender añadir algo más a la erudita y completa introducción de Ignacio Fernández Sarasola era una osadía. Y, sin embargo, no me resistí al encargo. A fin de cuentas, el de la relación entre Ilustración y liberalismo ha sido uno de los temas a los que, con mejor o peor resultado, pero siempre de manera apasionada, he dedicado la mayoría de los años de mi carrera académica. Supongo que Artola y uno de sus discípulos, Pablo Fernández Albaladejo, mucho tuvieron que ver en esta orientación.
Como ya he dicho, añadir algo a la introducción de Fernández Sarasola es bastante difícil. Resucitar a los clásicos no significa, no debe significar, atender a su literalidad. Se trata, por el contrario, de entender no solo lo que dijeron, sino por qué lo dijeron y el contexto que da significado a su obra y a sus preocupaciones intelectuales. Y a eso se atiene la introducción que comentamos, perfectamente estructurada a través de una combinación diacrónica y temática en la obra y la trayectoria de Miguel Artola.
Cuando nos detenemos en las fechas de sus primeras (y, no obstante, más significativas) obras, a aquellos que estamos cerca, nos encontramos o sobrepasamos ya la edad de la jubilación, no deja de entrarnos cierto vértigo ante la evidencia de aquellos oscuros, terribles y mediocres años de finales de los años cuarenta y la década de los cincuenta. La primera edición de Los afrancesados tuvo lugar en 1953, resultado de la tesis doctoral leída en 1948. En los cincuenta, nuestro autor tuvo a su cargo la edición de tres volúmenes en la B.A.E. sobre la obra de Jovellanos. En 1959 publica su trascendental Los orígenes de la España contemporánea, vertida luego mayoritariamente en la más general La España de Fernando VII, menos de diez años después.
Historiográficamente, la Universidad española estaba en aquellos momentos dominada todavía por la preferencia temática a una Edad Moderna en la que, con la dinastía de los Austrias, se habían logrado los mayores éxitos imperiales. Las generaciones que pudieron acceder a la Universidad a partir de mediados de los cuarenta lo hicieron en un ambiente dominado por el recuerdo nostálgico de grandes pérdidas (Paz de Westfalia, 1648) o por la rememoración insistente de «grandes figuras» como las de Carlos V o los Reyes Católicos. A ello acompañaba siempre un estigma negativo sobre el siglo xviii y los Borbones; época y dinastía por la que nuestros notables reaccionarios siempre pasaban de puntillas o la recluían a modo de paréntesis entre un devenir castizo e imperial y un siglo xix sometido al oleaje permanente de la inestabilidad política. Los males habían sido heredados, en gran medida, de las ideas de una Ilustración mal entendida y del afrancesamiento de nuestra tradición cultural. La revista Arbor, desde el CSIC, fue una de las avanzadillas en esta interpretación.
Refugiados la mayoría de los intelectuales en un ambiente dominado por el falangismo y su sindicato estudiantil, y en las decisivas y determinantes instituciones de los colegios mayores, solo algunos empezaron a resistirse a tan estrechos límites. Pero la crisis de 1956 marcó, a través del único lenguaje que conocía el régimen (represión y exilio), el punto y final de utopías reformistas desde dentro. Javier Herrero, Elías Díaz, Nicolás Sánchez Albornoz, Juan José Carreras, Joaquín Romero Maura o Jesús Aguirre son algunos de los nombres que optaron por centros extranjeros de estudio como forma de destierro (ESCRIG ROSA y GARCÍA MONERRIS, 2022: XIII-XXV).
En otros ámbitos lingüísticos, como el catalán, solo el empeño de Jaume Vicens Vives permitía seguir en contacto con los últimos avances historiográficos europeos, como los de la Escuela de los Anales. Su temprana muerte dejó en manos de sus discípulos (Lluís Pericot, Santiago Sobrequés, Joan Reglá, Joan Mercader, Jordi Nadal o Josep Fontana) la continuidad de tal renovación. En otro sentido, muchos intelectuales e historiadores tuvieron que refugiarse en la enseñanza media como forma de pasar más inadvertidos para el régimen. Tal fue el caso paradigmático, entre otros, de Antonio Domínguez Ortiz.
Desde la crisis de 1956, la Universidad española permaneció en un estado de somnolencia del que no empezó a salir hasta prácticamente la promulgación de la L.R.U. (1983). Para esas fechas, Miguel Artola había conseguido no solo sobrevivir, sino convertirse en un sólido y consagrado referente. Es más, en los estertores del régimen franquista empezó a salir a la luz una trascendental Historia de España, dirigida por él mismo, en la editorial Alfaguara, a cargo de nombres tan significativos como Ángel Cabo, Marcelo Vigil, Ramón Tamames, Gonzalo Anes, Martínez Cuadrado, García de Cortázar o Domínguez Ortiz.
El tomo dedicado al periodo 1808-1869 llevaba por título La burguesía revolucionaria y corría a cargo del propio Artola. Incluso para los que desconocían sus trascendentales obras de la primera época, el manual fue todo un descubrimiento, al que pronto se unió Partidos y programas políticos, 1808-1936 (1974), sin olvidar su importante labor como recopilador y editor de textos, presentes tanto en este estudio como en Los orígenes, en forma de segundos volúmenes. Sus Textos fundamentales para la Historia, de 1968, fueron concebidos como instrumentos fundamentales de la labor docente a través de los cuales el estudiante pudiese interpretar, «hacerse preguntas» y «dudar del conocimiento establecido». En palabras de Juan Pro, «apelar a la duda y dar prioridad a la lectura directa de los documentos defendía a Artola de cualquier tentación ideológica (lo cual resultaba bastante útil para sobrevivir en la Universidad del franquismo)» (PRO, 2021: 323-324).
Esa suerte de escepticismo ideológico y metodológico, como el propio Juan Pro apunta, creo también que es una de las claves con las que se puede interpretar la obra y el significado de Artola en el contexto de la Universidad franquista, así como su influencia en aquellas generaciones nuevas que levantaron la Universidad de la democracia. Su magisterio acogió a historiadores de variadas «orientaciones políticas, teóricas y metodológicas», sin olvidar que siempre fue un liberal genérico, reformista y demócrata.
Más allá de lo que pudiera representar ideológica o metodológicamente, creo que siempre se valoró en Artola su obra en sí misma y, especialmente, su insuperable papel en la recuperación de la importancia del periodo iniciado en 1808 y, en general, de todo el reinado fernandino, en la construcción de la contemporaneidad en España, de la nueva sociedad y del Estado liberal. Para ello hubo de competir con el tradicionalismo de la escuela de Navarra, liderada por Federico Suárez, también empeñada en dicha recuperación, pero con un sesgo interpretativo que venía a confirmar, mutatis mutandis, los vectores más conservadores de la tradición cultural de Menéndez Pelayo.
Para Artola, por el contrario, sin alardes ideológicos, pero con una contribución de fuentes y documentos excepcionales, el concepto de ruptura y de revolución imputable al proceso comenzado con la guerra de la Independencia se presentaba no solo de manera contundente, sino también deudor en gran medida de una Ilustración que, frente a los apologetas reaccionarios, sí que parecía haber existido en España. Ilustración y liberalismo quedaban así unidos por un hilo cuya consistencia o naturaleza hubo de ser discutida y matizada en años posteriores en el contexto de los debates predominantes de la crisis del Antiguo Régimen y de los orígenes de la sociedad liberal.
Otra cosa bien distinta sería el adjetivo de tal revolución. Su consabido y permanente concepto de «revolución liberal» tuvo que enfrentarse, especialmente desde los años ochenta, a las diversas interpretaciones marxistas que preferían hablar de «revolución burguesa». Un debate que, sin solución de continuidad, se unió al anterior y en el que, a decir verdad, Artola nunca participó (o no quiso participar) de una manera directa ni (diría yo) indirecta. A fin de cuentas, su gran preocupación, como acertadamente señala Fernández Sarasola, fue la «configuración del Estado liberal», que remitía especialmente al ámbito de la historia política y de la historia constitucional, una visión tal vez «reduccionista» en el contexto de la más «social» y «económica» de la metodología marxista, pero que volvería a primer plano con la reciente revalorización de la historia política como historia cultural.
Resulta curioso constatar que Miguel Artola no trabajó ni publicó de manera especial en forma de artículos; siempre fue un autor de libros o un colaborador en estos y, sobre todo, un impulsor de grandes proyectos. A decir verdad, su valoración científica en la actualidad por parte de la ANECA u otras instancias ministeriales dejaría mucho que desear. También en esto fue muy peculiar, como peculiar fue su gran empeño, en el marco de la reforma de los planes de estudio, de establecer una Historia del Mundo Actual como asignatura troncal, algo que siguen sin perdonarle muchos profesores universitarios. Sin embargo, además de constituir una muestra palpable de la preocupación por conectar la historia con los problemas actuales, no puede negarse que tal propuesta fue un acierto premonitorio, a la vista de los vertiginosos acontecimientos de las últimas décadas. El área de historia contemporánea se abría a nuevas perspectivas, como constataría la ya consolidada historia del tiempo presente.
Entre sus últimos proyectos cabría destacar la edición de las constituciones en España, en la editorial Iustel, acompañadas de amplios estudios a cargo de especialistas que se ocupan no tanto del análisis normativo o doctrinal de estas como de su gestación, lo que para los historiadores constituye un valor suplementario. Artola y Rafael Flaquer se encargaron de la Constitución de 1812 y Fernández Sarasola de la de Bayona.
La labor académica e investigadora de Miguel Artola, su capacidad de trabajo, la magnitud de sus empeños, sus narrativas históricas bien asentadas documentalmente, su permanente inquietud por nuevos aspectos de la historia, su capacidad de diálogo con otras disciplinas y, especialmente, su liderazgo en la historia política de una época crucial para la contemporaneidad en la Historia de España lo convierten en un faro de racionalidad que brilló con especial intensidad en unos momentos realmente oscuros y mediocres de la Universidad española.
Disiento, sin embargo, de Fernández Sarasola cuando afirma que «uno de los campos que mejor llegaría a dominar» fuese «el de la abstracción de grandes modelos a partir del vasto conocimiento histórico que atesora» (p. xxxv). Es una afirmación, además, que el propio Sarasola parece matizar cuando más adelante dice que era en la narración histórica donde nuestro autor se movía «con mayor solvencia». Y creo que es esta última idea la que más se aproxima a una valoración correcta de la obra del historiador vasco.
En este sentido, y como juicio estrictamente subjetivo y personal, la lectura de Antiguo Régimen y revolución liberal, de 1978 (y que yo utilicé por primera vez en la edición de 1983), me produjo una extraordinaria confusión. Su pretensión, absolutamente oportuna, de reflexionar desde una perspectiva conjunta sobre aquellos dos aspectos para los que el propio autor había establecido ya una narración novedosa y bien documentada me pareció un fracaso. Intuí, además, que había en su libro una intención fallida de incorporar a sus esquemas interpretativos algo del marxismo metodológico dominante en determinados ambientes. Sinceramente, no es en la teoría pura ni tampoco en los modelos abstractos (mal avenidos, por otra parte, con la metodología histórica) donde Artola destaca. No es ahí donde debemos buscar al mejor y más decisivo Artola.
Tal vez, por esta razón, de los dos textos de la presente edición sea el de Jovellanos el que me parece que ha sorteado mejor el paso del tiempo, a pesar de que el referido a Argüelles sea más reciente. El «rescate» del polígrafo asturiano, de manera tan completa y global, resulta todavía más destacable si tenemos en cuenta que el texto se publicó en 1956. Desde esa fecha hasta la actualidad se ha publicado muchísimo sobre el siglo xviii, sobre la Ilustración, sobre los primeros momentos de la revolución y sobre el propio Jovellanos. Sin embargo, el trabajo de Artola sigue manteniendo el gran mérito de haber sustraído al asturiano de la significación que el conservadurismo decimonónico quiso atribuirle, como único faro posible y casi exclusiva herencia de una Ilustración extranjerizante.
Como bien afirma Fernández Sarasola, el apartado titulado «El pensamiento de Jovellanos» es sin duda el más notable, especialmente porque supo exponer de manera ordenada y clarividente, y desde la perspectiva de la «historia de las ideas», el conjunto poliédrico de un Jovellanos que se movió entre las ideas de la Ilustración y el liberalismo económico de la naciente economía política. Vale la pena reproducir las palabras del propio Artola: «En la mayor parte de las exégesis de su pensamiento se comete un error fundamental de perspectiva histórica. Se interpreta a Jovellanos en función de las luchas políticas del xix y se olvida su profunda vinculación con un movimiento que precisamente se extingue cuando aquéllas comienzan. Como consecuencia, y dado que la preocupación dominante del siglo xix es la política, se han forzado los textos para otorgarles una filiación que desde nuestra perspectiva histórica resulta inadmisible, cualquiera que sea» (p. 71).
El Jovellanos de Artola es un reformador, perfectamente anclado, por el contrario, en el siglo xviii y que como otros muchos participó, desde la crisis finisecular de la monarquía absoluta y la nueva coyuntura rupturista abierta en 1808, en la necesidad inapelable de reformular la «constitución de la monarquía española». El asturiano encuentra sus fuentes teóricas en la tradición de los «filósofos» europeos de raíz iusnaturalista, los principios fundamentales del individualismo de la economía política clásica y en el estudio de la legislación histórica de tradición patria sobre la que, debidamente reformada, sustentar esa nueva constitución (p. 102). Se trata de una trilogía inexcusable a partir de la cual, en todo caso, poder establecer los matices que consideremos oportunos.
El estudio sobre Agustín Argüelles es mucho más tardío, concretamente de 1999, y originariamente precedió a la edición del Examen histórico de la reforma constitucional de España, de 1835. La preocupación historiográfica es la misma, pero el tiempo ha pasado. Cambia incluso la redacción, pretendidamente más densa en esta segunda obra; la narración se apoya más en elementos teóricos y el recurso a la comparación se utiliza con resultados no demasiado brillantes. El paralelismo entre nuestro primer momento constituyente y el francés, por ejemplo, no deja de parecer una temeridad. Además de la calificación de «parlamentario» a los dos sistemas políticos surgido de las constituciones de 1791 y 1812, afirmar que el periodo 1810-1813 en España es similar al de la Convención francesa de 1793-95 no deja de ser bastante arriesgado.
A esas alturas, Artola parece estar bastante saturado de alguna de las consecuencias del apasionado debate sobre la naturaleza de las revoluciones en el mundo atlántico. «No es necesario acudir», dirá, «a explicaciones metafísicas cuando disponemos de hipótesis racionales más convincentes para explicar la diferencia entre revolución inglesa y la francesa». La española, más próxima a esta última, tuvo también la necesidad de destruir todo el entramado de privilegios del Antiguo Régimen, pero aquí no existió el expediente del Terror y «no pudo considerarse vencedora hasta que derrotó al carlismo» (pp-122-123)
El Examen de 1835 de Argüelles ofrece la oportunidad, frente a su Discurso preliminar a la Constitución de 1812, de conocer la opinión de uno de sus protagonistas sobre el proceso constituyente, sus obstáculos y enemigos. El análisis realizado por Artola puede seguir suscribiéndose en sus líneas generales, pero no así en la caracterización de «Convención» a las Cortes de 1810 ni en la de «monarquía parlamentaria» al régimen surgido de la Constitución de 1812.
Se apunta con toda razón el hecho de una concepción unitaria de soberanía recayente en la nación y encarnada en las Cortes; la preeminencia del poder legislativo en el sistema de división de poderes orquestado por la Constitución es también indudable; lo es también la preocupación de los liberales españoles por «crear un pasado de libertades» sobre el que justificar su propuesta de «monarquía moderada por la ley fundamental». Pero este tipo de monarquía no puede ser asimilada con la «monarquía parlamentaria», por el simple hecho de la imputación de la soberanía a las Cortes representantes de la nación.
El tipo de monarquía impuesto en Cádiz y llevado a la práctica durante el Trienio Liberal, como mucho, podría ser calificada de «constitucional», en el sentido de que, de acuerdo con el sentir de los liberales doceañistas, esta quedaba limitada (incluso era creada) por y a partir de la ley. Recordemos la imagen tan expresiva acuñada por León de Arroyal de un monarca «siempre atado al palo de la Ley». En cualquier caso, fue una monarquía muy peculiar, como sobradamente ha demostrado Joaquín Varela-Suanzes. El mecanismo parlamentario que pugnará por implantarse con muchas dificultades a lo largo del siglo xix tiene lugar precisamente en el momento en que la soberanía ha sido imputada tanto al rey como a las Cortes y el Gobierno procurará establecerse de acuerdo con el juego de mayorías y minorías parlamentarias frente al poder de la Corona. A esa monarquía, Artola la llama impropiamente «constitucional».
Con todo, el estudio preliminar a la edición del Examen de Argüelles con el análisis de la primera experiencia revolucionaria, así como de la trayectoria paradigmática de quien, desde la crisis de la monarquía en 1808, contribuyó de manera especial a la Constitución de 1812 y a su posterior reforma en la transaccional de 1837.
Tanto Jovellanos como Argüelles personifican en sus trayectorias y en sus obras una parte importante del rico legado de una tardoilustración que supo dialogar y contribuir con un primer liberalismo cuya riqueza y complejidad, no obstante, no agotan. La conexión entre Ilustración y liberalismo que Artola quiso señalar desde el primer momento de su producción historiográfica ha sido una de las claves desde la que poder volver a pensar nuestra contemporaneidad y, por tanto, nuestro presente.
BIBLIOGRAFÍA
ESCRIG ROSA, Josep y Encarna GARCÍA MONERRIS (2022): «Estudio preliminar», en Javier HERRERO: Los orígenes del pensamiento reaccionario español, Zaragoza, PUZ, pp. XI-LXII.
FERNÁNDEZ ROMERO, Ricardo (2017): «Semblanza de Nicolás María de Urgoiti (1869-1951)», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes – Portal Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos xix-xxi)
PRO, Juan (2021): «La historia de Miguel Artola», Ayer, 122, pp. 319-334.
