Veleia, núm. 40, 2023

por Javier Larequi Fontaneda

Universidad de Navarra

Pasión por la Historia Antigua. De Gibbon a nuestros días ofrece a los lectores un panorama variado de autores de referencia en la historiografía moderna y contemporánea de la Historia Antigua. A través del estudio de la vida, obra, pensamiento y contexto histórico de 18 especialistas en el mundo antiguo de diferentes procedencias e intereses, la monografía que reseñamos permite una aproximación a algunos de los temas más relevantes que han dominado los debates historiográficos en torno a la Antigüedad Clásica. La obra presenta el perfil de «intelectuales comprometidos en la arena pública» (p. 11) y muestra «cómo la evolución historiográfica en el ámbito de la Historia Antigua sigue directamente el trazo de la evolución historiográfica más general» (p. 10). En esta monografía resulta especialmente interesante la colaboración de investigadores, tanto españoles como latinoamericanos, con un curriculum acreditado en estudios historiográficos de la Historia Antigua y de otros que están empezando su carrera académica. Lo que posibilita esta amplia y diversa lista de colaboradores es el proyecto de investigación ANIHO (Antigüedad, Nacionalismos e Identidades complejas en la Historiografía Occidental) que coordina uno de los editores de la obra, el profesor Antonio Duplá, de la Universidad del País Vasco. Los otros dos editores, Christian Núñez y Grégory Reimond, son de la UPV/EHU y de la Casa Velázquez respectivamente.

En esta reseña no vamos a seguir el orden cronológico de la monografía, sino que vamos a abordar, en primer lugar, aquellos capítulos que se centran en Grecia, a continuación, aquellos que abordan sobre todo el periodo romano y, finalmente, los que estudian temas más amplios del Mundo Clásico. Sobre la Grecia antigua nos encontramos, por lo menos, con los trabajos sobre Georges Grote, Johann Gustav Droysen, Jane Ellen Harrison, Geoffrey E. M. de Ste. Croix, Jacqueline de Romilly o Nicole Loraux. El primero de todos ellos es Grote (1794-1871), estudiado por Laura Sancho (pp. 31-50), quien afirma que sus doce volúmenes de Historia de Grecia (1846-1856) «no solo constituyeron un hito de la historiografía contemporánea, sino que, además, tuvieron un alcance cultural que traspasó las fronteras del mero hecho científico» (p. 31). Lo cierto es que este carácter «popular» va a ser la nota característica de gran parte de la obra de los autores presentados en este volumen. Grote «reivindicó el sistema democrático ateniense» (p. 31) con gran énfasis en las libertades civiles, lo que convierte a este historiador inglés en un importante antecedente de todos aquellos que van a reivindicar la democracia griega después. Gloria Mora (pp. 51-72), también miembro del proyecto ANIHO, escribe un capítulo sobre Johann Gustav Droysen (1808-1884), cuyo prestigio es el resultado de una obra sobre Alejandro Magno (1833) y de otra sobre el Helenismo (1836-1843). Este historiador alemán «asume las ideas de Winckelmann sobre la superioridad de los griegos en todos los ámbitos» (p. 59), un pensamiento típico de las corrientes del nacionalismo alemán del siglo XIX que van a encontrar en la raza el elemento diferenciador. Rosa María Cid (pp. 115-136) aborda el capítulo sobre Jane Ellen Harrison (1850-1928), quien se caracterizó por «la reivindicación de las etapas preolímpicas» (p. 125) y, por tanto, por «su interés por la sociedad arcaica y no la clásica» (p. 129).

También contamos con el capítulo de Carlos García (pp. 303-322) sobre Geoffrey E. M. de Ste. Croix (1910-2000), cuyo interés tuvo que ver sobre todo con la esclavitud. Así, su principal obra, La lucha de clases en el Mundo Griego Antiguo (1981), se va a caracterizar por una visión marxista de la historia, perspectiva que va a destacar en la historiografía de la época: «Ste. Croix sostiene que la mayor parte de los ingresos de la clase dominante provenían de la explotación de la fuerza de trabajo esclava». En el caso del capítulo sobre Jacqueline de Romilly (1913-2010), es Julián Gallego (pp. 323-342) quien aborda la cuestión y apunta que la obra de la autora «está particularmente centrada en la época clásica y en la situación y las condiciones abiertas por el desarrollo de la democracia ateniense» (p. 326). El legado de esta autora tiene que ver sobre todo con Tucídides, a quien transforma «en el historiador del imperialismo de Atenas» (p. 330). Finalmente, el capítulo de Ana Iriarte (pp. 343-364) está centrado en la historiadora Nicole Loraux (1943-2003), quien va a destacar, sobre todo, por introducir temas novedosos como lo femenino y lo sexual en la historia antigua y por introducir la antropología histórica en los antiguos griegos.

Sobre la Roma antigua nos encontramos con los capítulos sobre Edward Gibbon, Theodor Mommsen, Mijaíl Ivánovich Rostóvtzeff, Joseph Vogt, Ronald Syme, Elena Mikhailovna Staerman y Peter Robert Lamont Brown. El historiador británico Edward Gibbon (1737-1794) es el protagonista del primer capítulo de la obra, de Eleonora Dell’ Elicine (pp. 15-30). La autora centra este capítulo en la obra magna de Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire (1776-1778), en la que este aborda los valores en los que se debe basar una sociedad moderna como los de «tolerancia, libertad, repulsa a la tiranía y a la superstición» (p. 18) y las causas de la caída del Imperio Romano de Occidente, desde «la presión de las legiones» (p. 21) hasta «la avalancha de bárbaros» (p. 21). De gran importancia también es el capítulo de Antonio Duplá (pp. 73-94) sobre Theodor Mommsen (1817-1903), que también «es deudor de una serie de presupuestos teórico-ideológicos muy de su época que distorsionan su interpretación histórica» (p. 83). La Historia de Roma (1854-1856) de Mommsen destaca porque «se trata de una historia de las provincias en época imperial (…), de los distintos territorios respecto al centro» (p. 77). Sin embargo, tal y como destaca Duplá, que también ha trabajado esta cuestión al hilo del iustum bellum[1], Mommsen utiliza la unificación de Italia en época romana republicana como modelo para cualquier época de construcción nacional como era la Alemania del siglo XIX.

De todos los autores es quizás Mijaíl Ivánovich Rostóvtzeff (1870-1952), abordado por Antonio Aguilera (pp. 137-160), el que contó con una vida más compleja, influida por la Revolución rusa que le obligó a exiliarse de su país. Eso no impidió que se convirtiese en «el historiador antiguo más grande e influyente entre Eduard Meyer y Sir Ronald Syme, siendo en su época tan célebre como lo fuera Mommsen en la suya» (p. 151). Su trabajo se centró en el estudio de «los problemas de la historia socioeconómica del helenismo y el Imperio Romano, así como la historia antigua del sur de Rusia» (p. 153), temas que le permitieron publicar más de 700 títulos. Más polémica resulta la obra de Joseph Vogt (1895-1986), estudiado por Christian Núñez-López (pp. 179-200). Este historiador alemán vivió en la época de la Alemania Nazi y suscribió muchas de las teorías raciales de este régimen: «El Tercer Reich remitió a la Antigüedad para articular, históricamente, las doctrinas raciales que definieron el régimen desde 1933» (p. 182). Por tanto, nos vamos a encontrar en la obra de Vogt con «la concepción idealista del imperialismo romano» (p. 185) que ya hemos visto en el caso de Mommsen.

La vida y obra de Ronald Syme (1903-1989), quizás el autor, de todos los estudiados, que más impacto tiene en los estudios de la Antigüedad en la actualidad, es analizada por el joven historiador Mikel Gago (pp. 201-222). Buena parte de este capítulo está centrada en The Roman Revolution (1939), libro que «significó un hito en la historiografía acerca de la crisis de la República y el nacimiento del Principado, así como el empleo del concepto de revolución» (p. 203). Fruto también de los años de producción de esta obra, Syme retrató a Augusto «desde una perspectiva maquiavelizante» (p. 210) como «un líder faccioso, aventurero, caudillo revolucionario, militar demagogo, déspota, terrorista» (p. 209). Gago también critica a Syme por «su absoluta indiferencia hacia las nuevas tendencias historiográficas» (p. 216), lo que provocó que en su obra quedaran fuera muchos temas como la economía, los marginados o el arte, entre otros.

Una de las autoras abordada en la monografía es la rusa Elena Mikhailovna Staerman (1914-1991), estudiada por Mariano J. Requena (pp. 285-302). Sobre esta historiadora se destaca «que supo ganarse su lugar entre los grandes pensadores del mundo antiguo del siglo XX (…) y trascender los límites que el estalinismo le imponía (p. 298). De hecho, va a cuestionar la idea de una supuesta revolución esclavista como elemento de ruptura hacia una transición al feudalismo. Por último, nos encontramos con el análisis de Clelia Martínez Maza (pp. 365-384) sobre Peter Robert Lamont Brown, a quien conoce bien por la especialización de la primera en la Antigüedad Tardía, cuestión sobre la que Brown es reconocido: «Gracias a su trabajo, este periodo, hasta entonces considerado una mera transición entre el mundo clásico y la Alta Edad Media, se consolidó como un ámbito científico dotado de entidad propia» (p. 365). Lo interesante es que va a analizar el Mediterráneo para reconocer «un mismo entramado cultural, aunque fuera heterogéneo, que bebía no solo de la herencia romana sino también de la influencia de las nuevas expresiones sociales e ideológicas surgidas del cristianismo y también de la trascendencia de otras culturas como la judía». Su obra magna va a ser El mundo de la Antigüedad Tardía (1971), que en España ha conocido una reedición reciente, muestra de su gran relevancia.

Finalmente, nos encontramos con un tercer grupo de autores que van a trabajar tanto Grecia como Roma y la Antigüedad Clásica en general. Estos son Numa Denis Fustel de Coulanges, Eric Robertson Dodds, Arnaldo Dante Momigliano, Moses I. Finley y Santo Mazzarino. De acuerdo con Grégory Reimond (pp. 95-114), Fustel (1830- 1889) «fue uno de los primeros historiadores profesionales» (p. 95) y se esforzó por explicar que la Historia se hace «volviendo constantemente a los autores antiguos y evitando el error común que consiste en comenzar el estudio de una cuestión recurriendo a obras de segunda mano» (p. 101). La aportación de Eric Robertson Dodds (1893-1979), estudiado por Ricardo del Molino (pp. 161-178), se resume en que «nos hizo comprender la necesidad de la interdisciplinariedad para poder entender en su riqueza el legado grecorromano» (p. 153). Del Molino también añade que Robertson «nunca se olvidó del mundo en el que vivía» (p. 153), algo que, por otro lado, caracterizó a la mayoría de los autores que hemos visto debido a las complejidades de la época que les tocó vivir.

Arnaldo Dante Momigliano (1908-1987) es, entre todos, quizás el que más influido al conjunto de los autores responsables del libro que estamos reseñando al haber «sentado las bases de la actual historia de la historiografía» (pp. 223-224) gracias a su trabajo, por ejemplo, en el Warburg Institute. Además, «si algo caracterizó al historiador fue su predisposición al debate, a la crítica y a la polémica que se plasmó en infinidad de recensiones» (p. 234), lo que, por otro lado, es propio de la disciplina historiográfica, tal y como refleja con acierto César Sierra (pp. 223-240) en este capítulo sobre Momigliano. Moses I. Finley (1912-1986), estudiado por Ricardo Martínez-Lacy (pp. 241- 262), también se centró en cuestiones económicas en su obra The Ancient Economy (1973) en la que, además, introdujo el concepto de clase marxista en sus trabajos sobre la esclavitud en la Antigüedad, un tema que se va a poner muy de moda en la época. Lo cierto es que «el prestigio de Finley tuvo como fundamento el hecho de que no escribía monografías, sino artículos y libros, siempre muy polémicos, que planteaban problemas, escritos en un estilo claro y vigoroso» (p. 245).

Finalmente, otro historiador que no dejó a nadie indiferente fue Santo Mazzarino (1916-1987), estudiado en esta monografía por Jordi Cor tadella (pp. 263-284), y que se caracteriza por «una cultura tan vasta y profunda que parecía tocar la omnisciencia» (p. 263). Este historiador abordó la crisis del Imperio Romano de Occidente, la formación de la República romana, el nacimiento de la polis, la democracia griega o el imperialismo romano. Mazzarino también dio muestras de ser un intelectual al vincular su pensamiento en torno al mundo antiguo con los retos políticos del momento: «Para él, Europa era fruto de un fracaso. Fue la ruptura entre Asia y Europa, entre las clases ciudadanas y el senado feudal, entre religión y política, lo que marcó el inicio de la aventura europea, según Mazzarino. Un diagnóstico muy personal, pero que sobre todo llevaba aparejado el proyecto de una nueva cultura europea capaz de curar la fractura».

Esta reseña pone de relieve el gran interés que suscita esta obra entre aquellos que nos dedicamos al estudio de la Antigüedad y sobre todo al conocimiento de la historiografía del mundo antiguo. Sin embargo, también se trata de una obra muy relevante para el público general ya que los autores escogidos, sus vidas y el impacto que han tenido sus producciones académicas en el pensamiento moderno resultan particularmente interesantes. Por ello, al igual que muchos de los historiadores estudiados escribían no solo para eruditos, sino también para el público general, esta monografía coordinada por Antonio Duplá, Christian Núñez y Grégory Reimond cumple con la misma función.

Este libro destaca no solo por los capítulos presentados, sino también porque cada uno de ellos cuenta con una rica bibliografía seleccionada del autor y otra adicional recomendada sobre el mismo, además de una introducción general que destaca la relevancia de la cuestión, una bibliografía final, un índice de siglas y abreviaturas, de autores, otro onomástico y, finalmente, uno general. Todo ello convierte a esta monografía en una pieza esencial para el conocimiento de la historiografía del mundo antiguo, una herramienta en español que necesitábamos y que ahora, por fin, ya tenemos.

[1] Según Duplá, Mommsen encuentra en la fórmula del «imperialismo defensivo» el pretexto para justificar el expansionismo romano y, por tanto, para una noción de guerra justa que también pueda ser aplicada en su contemporaneidad. Algunas de las razones que Mommsen proporciona son «las peticiones de ayuda de Estados aliados, el incumplimiento de tratados o, básicamente, la preocupación por evitar tener vecinos demasiado poderosos» (p. 82).

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