por José Beltrán Fortes (Univ. de Sevilla)
El libro que reseñamos conjunta dos aspectos de enorme interés que me parece conveniente destacar desde un primer momento: por un lado, la vocación de la Editorial Urgoiti por las publicaciones de calidad en el ámbito de la Historiografía, demostrada desde hace años; por otro lado, la dedicación que asimismo durante décadas presentan los dos autores del libro por los estudios de Historiografía, en concreto de la historia de la Arqueología y de la Historia Antigua. El primer aspecto queda en evidencia en dos excelentes colecciones de la editorial navarra: “Historiadores”, donde el formato es la reedición de un libro clásico de la historia de España precedida con magníficos estudios de especialistas, y entre los que se han incluido señeros autores de la Historia Antigua y de la Arqueología españolas, como Pere Bosch-Gimpera, Adolf Schulten, Santiago Montero, José Ramón Mélida, Abilio Barbero y Marcelo Vigil, Joan Maluquer, Antonio García y Bellido y Manuel Gómez-Moreno (de los dos últimos hicimos su reseña en Habis, 48, 2015, pp. 351-4); así como la colección de “Monografías”, que no conlleva la reedición de libros clásicos, sino donde tienen cabida estudios historiográficos sobre temas diversos, y en la que se incluye la obra que analizamos aquí.
En el segundo aspecto, hay que destacar –como decía– la dedicación de ambos autores a esos temas historiográficos. En el caso de Gloria Mora, de la Universidad Autónoma de Madrid, se ha centrado más en los períodos medievales y de la Edad Moderna, especialmente del siglo XVIII, para el que sobresale su libro pionero sobre la arqueología ilustrada en España (Historias de mármol. La Arqueología clásica española en el siglo XVIII, Anejos de AEspA 18, Madrid, CSIC 1998). En el caso de Antonio Duplá, de la Universidad del País Vasco, sus trabajos historiográficos se han ocupado especialmente de los siglos de la Edad Contemporánea, sobre todo, durante el siglo XX. Ello justifica que, de los ocho capítulos en que se ha dividido este libro, los tres primeros hayan sido escritos por G. Mora y del cuarto al octavo por A. Duplá, siguiendo esa delimitación cronológica indicada.
Se refiere en la Introducción que responde a un encargo de la editorial Urgoiti de ofrecer “a un público no especialista” una síntesis breve y clara de un tema bastante complejo, pero cuyo “hilo conductor es la idea de nación” (desde el final de la Edad Media en adelante). Sigue, pues, en ese planteamiento la espléndida monografía de Fernando Wulff (Las esencias patrias. Historiografía e historia antigua en la construcción de la identidad española (siglos XVI-XX), Madrid, Crítica, 2003), que sigue teniendo plena vigencia. Los autores han optado por un acercamiento dúplice al tema: así, el enfoque une tanto el “interés por el mundo antiguo… hispánico, a lo largo de la historia española”, cuanto “la historia de una disciplina científica concreta, la Historia Antigua”, lo que justifica el título de la obra. En relación a lo primero, se justifica el largo recorrido histórico desde la Tardoantigüedad isidoriana hasta el presente, mientras que lo segundo arranca –según los autores– del año 1966, cuando se constituyen en España las primeras y efectivas cátedras de Hª Antigua en varias universidades españolas. Estas cuestiones han sido ampliamente analizadas en España desde el último cuarto del siglo XX hasta nuestros días, por lo que la bibliografía especializada es muy extensa. Un evidente valor del planteamiento del libro es que se han obviado las notas en el texto, lo que hubiera supuesto un aparato bibliográfico excesivo, que hubiera mermado la claridad de la exposición, pero se ha incorporado al final de cada capítulo una selección comentada de trabajos básicos, lo que permite una profundización posterior en cada tema por parte del lector interesado.
Por otro lado, ese doble enfoque elegido concede a nuestro juicio un diferente carácter a los capítulos de la obra, ya que en los tres primeros el análisis de la “presencia de la Antigüedad en las diferentes reconstrucciones de la historia de España” relaciona íntimamente el análisis histórico antiguo, a partir de los textos, con el anticuario-arqueológico, a partir de los monumentos, epígrafes y monedas, mientras que a partir de los siglos XIX-XXI se centra más en la Hª Antigua, especialmente cuando en 1966 –como se ha dicho– se conforma en España como disciplina universitaria, desapareciendo las referencias a la Arqueología desde ese momento hasta nuestros días (capítulos 7 y 8). Ello es explicable asimismo desde la perspectiva de la historiografía arqueológica en España, ya que durante los siglos XVI-XVIII en nuestro país la anticuaria –como antecedente de la Arqueología y que incluía además el análisis de las fuentes escritas, epigráficas y numismáticas– tiene un gran auge, sobresaliente a nivel internacional y que capitaliza los estudios sobre la antigüedad hispana. Por el contrario, ese impulso decae en el siglo XIX, no conformándose en la segunda mitad de esa centuria una disciplina arqueológica acorde con la desarrollada en las potencias europeas de nuestro entorno, como Alemania, Francia, Inglaterra o Italia, entre otras.
Además, se advierte una cierta disparidad entre lo dedicado al análisis del período medieval y de la Edad Moderna (pp. 11-70) y los que se dedican a los siglos XIX-XXI (pp. 71-189), aunque quizás sea asimismo explicable por la mayor abundancia de los estudios plenamente históricos a partir del siglo XIX (el llamado “siglo de la Historia”), diferenciándose más de los referidos al análisis de la materialidad arqueológica. Así, en los capítulos 1 a 3 se sintetiza de manera muy adecuada el interés por el pasado clásico de España, arrancando de la tradición medieval, que bebe de la fuente isidoriana. Destacado es el hecho de que esa tradición que remonta a la antigüedad no solo afecta a la historia medieval cristiana (como Lucas de Tuy, Rodrigo Ximénez de Rada, escuela alfonsí), sino asimismo a la islámica (según demuestra la crónica de al-Razi) (capítulo 1). El nuevo enfoque humanista del Renacimiento se plasma en España con las primeras historias y crónicas nacionales durante el siglo XVI, sobresaliendo las figuras de Joan Margarit, Alfonso de Palencia, Lorenzo de Padilla, Florián de Ocampo y, sobre todo, Ambrosio de Morales. En esas obras se desarrolla la historia de la antigüedad hispana, que –por otro lado– contaba con la lacra de los “falsos cronicones”, entre los que destaca el predicamento del “falso Beroso” a fines del siglo XV, vinculado ideológicamente a la figura de los Reyes Católicos y su idea de nueva nación moderna de España, que consolidó el tema del tubalismo. Finaliza este capítulo 2 con unas interesantes referencias a la principal obra histórica del período, la del padre Mariana, a fines de la centuria, así como a la de Rodrigo Caro, como ejemplo del enfoque histórico-anticuario a nivel local, en concreto de la Sevilla de comienzos del siglo XVII.
El siglo XVIII (capítulo 3) marca un cambio progresivo de los estudios anticuarios, y por ende históricos, con un claro proceso de institucionalización a raíz de la creación borbónica de las Academias, la Real de la Historia y la Real de Tres Nobles Artes, luego de Bellas Artes de San Fernando, con diversos proyectos que emanan de esas instituciones, apoyadas desde la Corona ilustrada, como el proyecto promovido por el padre Burriel o el de los viajes literarios, destacando el del marqués de Valdeflores. Supone la progresiva incorporación a la historiografía española de un carácter crítico en el análisis de las fuentes de la antigüedad (escritas, epigráficas, numismáticas y, en menor grado, arqueológicas), en la línea citada de la obra de Fernando Wulff. Hay también una breve referencia al estudio de las antigüedades de la América hispana, así como es destacado el análisis de la obra histórica del padre Juan Francisco Masdeu, libre ya de los planteamientos anticuarios y donde se destacaban las ideas de patria y nación, que arrancarían desde la antigüedad. Finaliza el capítulo con la presentación de un tema aún candente en la historiografía española de aquellos momentos, como es el de las falsificaciones y manipulaciones históricas, siguiendo la tradición de los “falsos cronicones”. Contra ellas se alzan reputadas voces críticas –como la del ilustrado Gregorio Mayans–, a la vez que son seguidas por otras debido a razones espurias y llegando incluso a la falsificación arqueológica. Así se demuestra en el caso de las conocidas falsificaciones del Albaicín de Granada, en el entorno del foro romano, llevadas a cabo en los comedios de aquella centuria, pero con el antecedente de los “plomos del Sacromonte” en el siglo XVI.
En el capítulo (el cuarto) dedicado al siglo XIX se incide en el replanteamiento de la Historia, de orientación erudita, que asimismo afecta al estudio de la antigüedad como base para el desarrollo del nuevo nacionalismo burgués de talante liberal propio de la modernidad en España, con sus luces y sombras. Se analizan en concreto las figuras de Modesto Lafuente, quien destacaba en la Hispania romana el inicio de la unidad política nacional, o de Antonio Cánovas del Castillo, vinculado a la Real Academia de la Historia, como institución protagonista del momento, junto al surgimiento de otras, en la segunda mitad del siglo, como la Escuela Superior de Diplomática, cuna de archiveros, bibliotecarios y anticuarios. Esa orientación conservadora culminaría con Marcelino Menéndez Pelayo, frente a la línea más progresista encabezada por Emilio Castelar, Joaquín Costa o Miguel Morayta. No obstante, según se dijo, en ese planteamiento se incide en los estudios históricos y no tanto en los trabajos que afectan más directamente a la arqueología (para estos, cfr. J. Beltrán, “La arqueología española en el marco nacional, regional y local. Historiografía de los siglos XIX y XX”, en 150 años de historia de la Arqueología: Teoría y método de una disciplina, Madrid, SEHA, 2017, pp. 59-84). Junto al nacionalismo centralista, en el ámbito de Madrid, hay que destacar asimismo un importante auge de las historiografías periféricas, entre las que destacan la catalana (con Enric Prat de la Riba), la vasca (con Sabino Arana) y la gallega, aunque también hay una breve referencia a la figura del Blas Infante en el caso de Andalucía. Si bien la principal labor de este a la búsqueda del “ideal andaluz” –en Tartessos– pertenece ya a las primeras décadas del s. XX, en el marco de su activismo político (cfr. J. Beltrán, “Nacionalismo andaluz y arqueología. La figura de Blas Infante’”, Revista de Historiografía, 17, 2012, pp. 47-64). Un interesante apartado final cierra el capítulo, con el tema de la pintura histórica, que caracteriza el siglo XIX y donde se trasladan al plano artístico los planteamientos ideológicos de la centuria.
En una vuelta atrás al último cuarto del XIX y de avance en el s. XX, hasta el final de la guerra civil de 1936-39, en el capítulo 5 se analiza el importante proceso de renovación metodológica en la Historia, que conduce a la profesionalización del historiador en un marco institucional y que va desde la ya citada Escuela de Diplomática hasta la creación de la Junta de Ampliación de Estudios (1907), en el contexto ideológico del regeneracionismo. Sobresale en esta última el Centro de Estudios Históricos (1910), en el que se promocionan además los estudios arqueológicos –solo ahora se puede hablar de una verdadera Arqueología en España como disciplina universitaria, con figuras como José Ramón Mélida, Hugo Obermaier o, más adelante, Antonio García y Bellido–, junto a la presencia y actividad fundamentales de algunos historiadores / arqueólogos extranjeros en España, como Pierre Paris (excavaciones en Alicante, Osuna o Belo Claudia) o Adolf Schulten (Numancia, Tartessos) (cfr., por ejemplo, J. Beltrán y J. Cortadella, “La consolidación de la arqueología moderna (1912-1960)”, en El poder del pasado. 150 años de Arqueología en España, Madrid, Ministerio de Cultura, 2017, pp. 53-81). Junto a la antigüedad romana crece el interés por las culturas prerromanas, como la ibérica o la tartésica, así como por la Prehistoria Reciente y Protohistoria, sobresaliendo la figura de Pere Bosch-Gimpera desde la Universidad de Barcelona. En 1932 se edita su monumental libro sobre la etnología peninsular. Por el contrario, la historiografía de la Historia es en cierto modo capitalizada por Rafael Altamira, incidiendo en la labor de Roma en Hispania. En el ámbito catalán sobresale la creación del Institut d’Estudis Catalans, en el marco del noucentismo, siguiendo los planteamientos de ese nacionalismo periférico que destacaba su singularidad frente al resto de España en la fuerte presencia griega, lo que llevaría al inicio de las excavaciones arqueológicas en Ampurias desde 1909.
El capítulo 6 se centra en la Hª Antigua del período franquista desde 1939 a 1966, cuando se produce la “ruptura de la tradición liberal”, según el concepto expresado por Gonzalo Pasamar (Historiografía e ideología en la postguerra española, Zaragoza, Prensas Universitarias, 1991), que se ejemplifica con la sustitución de la JAE por el CSIC, con el exilio de intelectuales afines a la II República (como Bosch-Gimpera) y con la violenta represión, humana e ideológica, con base en un adulterado falangismo, base del franquismo. Se proyectan en la antigüedad tres grandes temas: nación, imperio y civilización católica, que serían reimpulsados, aunque en un “tono bajo”, pues la Hª Antigua no interesaba al régimen, como asimismo se demuestra en el campo arqueológico, que queda bajo el control de Julio Martínez Santa-Olalla hasta 1955. Antonio Duplá dedica algunas páginas a un acontecimiento sobre el que ya ha tratado previamente: la vinculación con Augusto, en el Bimilenario de su nacimiento (1937-38), y, ya en 1940, el regalo de Benito Mussolini a la ciudad de Zaragoza de una copia de la estatua del Augusto de Prima Porta. Defiende Duplá que la disciplina de la Hª Antigua en España en los años 1940-1950 “era todavía un apéndice de la Prehistoria, la Arqueología o la Filología Clásica” y que “las distintas aportaciones correspondían a prehistoriadores, arqueólogos, romanistas o, incluso medievalistas… Ramón Menéndez Pidal, Antonio García y Bellido, Juan Maluquer de Motes, Martín Almagro Basch, Julio Caro Baroja, Antonio, Tovar, Santiago Montero y algunos pocos más” (p. 135).
Con ese planteamiento, en el capítulo 7 se pasa revista al período trascendental de 1966 hasta fines del siglo XX, a raíz de la creación de las primeras cátedras de Hª Antigua en las universidades de Salamanca (J.M. Blázquez), Valladolid (A. Montenegro) y Granada (M. Vigil), a las que se agregaría en 1969 la de Sevilla (F. Presedo), amén de las dos ya existentes en Madrid, Universal (S. Montero) y de España (C. Viñas). Es acertada la apreciación del autor de que realmente no existían “escuelas historiográficas” con base en una orientación teórico-metodológica, dentro de los corsés establecidos por el franquismo, sino que se vinculaban a catedráticos concretos y a la promoción de los discípulos, destacando la figura de J.M. Blázquez. También es cierto que en esas décadas –y especialmente tras la muerte de Franco en 1975 y el proceso posterior de democratización– “parece definitivamente abandonada la búsqueda metafísica del ser de España… en favor de una investigación, mayoritariamente sobre temas hispánicos, pero también de aspectos más generales de la historia grecorromana, más rigurosa y más desideologizada” (p. 151). En el fondo se trata de un eclecticismo metodológico, pero donde tuvo importancia el impacto de la historia social y del marxismo a partir de 1970. Asimismo, se apunta a la creación de revistas especializadas universitarias o, en otro orden de cosas, a la celebración de los Coloquios de Historia Antigua, desde 1974, lo que llevará a la consolidación de la disciplina en el marco universitario (1980-2000). También se destaca el impulso de los estudios historiográficos como índice de madurez de la disciplina, arrancando en el I congreso internacional de Arqueología e Historia Antigua, editado por Javier Arce y Ricardo Olmos (Historiografía de la Arqueología y la Historia Antigua en España (siglos XVIII-XX) (Madrid, 1988), Madrid, CSIC, 1991), aunque hay que reconocer que los siguientes congresos se desligaron de la Hª Antigua.
Finalmente, en el capítulo 8 se plantean los retos de la disciplina consolidada en el nuevo siglo XXI, es decir en este primer cuarto de la centuria: nuevas revistas especializadas y nuevas líneas de investigación, como los estudios de mujeres o el desarrollo de los historiográficos (destacando el Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja de la Universidad Carlos III, impulsado por Jaime Alvar y Mirella Romero), vinculado a los cuales se sitúa el de la “recepción del mundo clásico”. El resultado de todo ello es, por un lado, la “homologación internacional” de la Historia Antigua española, a la vez que su influencia en la “cultura de masas”, en el marco de la divulgación histórica, con sus riesgos, pero completamente necesaria. Riesgos que se acrecientan con la injerencia de consideraciones políticas e ideológicas actuales en el discurso histórico, con el triunfo del subjetivismo, según se reflexiona en el Epílogo del libro.
En resumen, se trata de una obra no extensa en su desarrollo (205 páginas), pero que se ocupa –según se ha visto– de temas historiográficos de enorme interés no solo para especialistas, sino para el público en general, con un tratamiento muy atractivo en su claridad, altamente actualizado, y que pone a disposición del lector –a raíz de la gran competencia científica de sus dos autores, con una extensa producción científica en esas materias– una síntesis imprescindible, que se completa con las fundamentales “recomendaciones bibliográficas”. Solo me resta felicitar también a la Editorial Urgoiti por impulsar y mantener esta serie de obras de orientación historiográfica, tan necesarias en las disciplinas históricas.
