Memoria y Civilización, 28/1, 2025

por Javier Martínez Sarasate (Universidad de Navarra)

 

Decía Íñigo López de Mendoza, IV duque del Infantado, en su Memorial de cosas notables (Guadalajara, Pedro de Robles y Francisco de Cormellas, 1564, «Prólogo»), que los libros son «maestros mudos» con los que poder viajar al pasado y sus civilizaciones, aprender a llevar «el curso de la vida derecho y bien guiado» e, incluso, conocer algunas verdades que pocos se atreven a decir. En este caso, la protagonista es la Antigüedad, una época remota caracterizada por la presencia de grandes imperios, imponentes construcciones y leyendas que continúan generando una gran fascinación en la actualidad, gracias al cine o a la literatura. Ahora bien, ¿cuándo surgió este interés por la Historia Antigua? Esta fascinación ¿siempre fue igual? ¿Evolucionó de la misma manera en todos los países?

Para responder a estas preguntas, Gloria Mora y Antonio Duplá, historiadores y especialistas en la Antigüedad y su recepción, han elaborado un interesante libro sobre la Historia Antigua española y su evolución desde la Edad Media (siglo VI). Con esta obra pretenden dar a conocer al público general cómo evolucionó la Historia Antigua, de ser concebida como un mero instrumento al servicio del poder, a profesionalizarse y ofrecer diferentes reconstrucciones de, en el caso que nos interesa, la historia de España. Todo ello a través de ocho capítulos, ordenados cronológicamente y acompañados de una breve y detallada bibliografía con el objetivo de ofrecer «una visión panorámica comple-mentada» que sirva «como guía de lectura para lectores especialmente interesados» (p. 7).

La obra se inicia a comienzos de la Edad Media, con los visigodos establecidos en la península ibérica (Capítulo I, pp. 11-22). Estos, tras su asentamiento, advirtieron la necesidad de justificar su poder y autoridad de alguna manera. La respuesta estaba clara: tenían que vincularse con el Imperio romano. Uno de los primeros en trazar esta idea fue San Isidoro de Sevilla. Fue él quien inauguró una concepción histórica basada en la construcción de una historia nacional relacionada con ese pasado romano. Así, pretendía «mostrar al reino visigodo como único heredero de Roma y defender la identidad gótica frente a la amenaza del Imperio bizantino» (p. 15). Junto a este santo del siglo VI hay que añadir otras figuras y obras posteriores, como las Estorias de Alfonso X el sabio, el Chronicon mundi de Lucas de Tuy o De rebus Hispaniae de Rodrigo Ximénez de Rada, entre otras (pp. 14-15). Este proceso se desarrolló plenamente con la llegada de los siglos XV y XVI debido al interés de buscar y legitimar «la antigua grandeza de España» (p. 19).

Con el nuevo siglo, el Humanismo y el Renacimiento (Capítulo II, pp. 23-40) propiciaron una nueva etapa en la construcción de las historias de cada reino y territorio con las que explicar el poder y grandeza de sus reyes, de la nobleza o del origen legendario de cada ciudad y villa (p. 24). A esto, según los autores, ayudó un mayor estudio y edición de las fuentes literarias clásicas junto con las descripciones y colecciones de inscripciones, estatuas y monedas, especialmente, de época romana. Así, surgió la Antigüedad de España e las fazañas de la gente española de Alfonso de Palencia (1423-1492), cronista de Enrique IV de Castilla, las obras de Elio Antonio de Nebrija (1441-1522) durante el reinado de los Reyes Católicos, o las de Florián de Ocampo (1490-1558), Juan de Mariana (1536-1624) o Ambrosio de Morales en los de Carlos I y Felipe II. A estas crónicas y compendios (1513-1591), hay que añadir los tratados de numismática de Antonio Agustín o los mapas y dibujos de Abraham Ortelius (1527-1598) en los que «recoge las fronteras provinciales, la red viaria, los pueblos de la península, las ciudades y los topónimos mencionados en las fuentes clásicas» (p. 7). En ellas estaba presente la legitimación del poder a través de la Historia Antigua como hizo Nebrija con Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, al vincular la recuperación de unidad peninsular con la Roma antigua (p. 26).

Esta preocupación continuó a lo largo de los siglos posteriores, si bien experimentó un gran cambio con la llegada de la Ilustración y la nueva dinastía que desde entonces regiría el trono español: los Borbones (Capítulo III, pp. 41-70). En esta nueva etapa de desarrollo y profesionalización de la disciplina histórica destacaron los debates entre las nuevas ideas ilustradas frente a las tradicionales, con el objetivo de «desterrar las leyendas y supersticiones religiosas y alcanzar la verdad histórica, sobre todo en lo referente a la historia antigua de España» (p. 41). Fruto de estas nuevas ideas surgieron gran-des proyectos anticuarios gracias a la fundación y apoyo de algunas instituciones y figuras como: la Real Academia de la Historia (pp. 43-45), la creación de la Comisión de Archivos a cargo del sacerdote jesuita Andrés Marcos Burriel (pp. 45-50) o el desarrollo y apoyo de los llamados «Viajes literarios» (pp. 51-54). Además, los temas de estudio se empezaron a diversificar y se comenzó a investigar sobre otros pueblos que habían sido menos-preciados o ignorados por la historiografía al «considerarse explotadores de las riquezas nacionales, como fenicios y cartagineses» (p. 47). Esto mismo, según afirma Gloria Mora, también se llevó a cabo en el mundo americano durante, por ejemplo, el reinado de Carlos III, para dar a conocer «una historia de la conquista con el fin de defender de los ataques extranjeros (la llamada leyenda negra) la buena imagen de España en la conquista y colonización de América» (p. 49).

Con la llegada del siglo XIX, apunta Antonio Duplá, el estudio de la Historia Antigua estuvo al servicio de la nación y del nacionalismo, es decir, se intentó crear una historia propia con la que defender el carácter nacional de cada territorio (Capítulo IV, pp. 71-98). De esta manera, se dio una especial importancia a algunos episodios nacionales que demostrasen el valor y heroísmo del pueblo hispano, como la resistencia en los asedios de Sagunto y de Numancia, o la figura del caudillo Viriato (p. 73). Junto a estos nuevos mitos nacionales destacaron los trabajos de Modesto Lafuente o el proyecto «Historia general de España», promovido por Antonio Cánovas del Castillo, y realizado por la Real Academia de la Historia (pp. 79-80). Asimismo, surgieron otras historias alternativas: una más progresista (pp. 82-87) y otra periférica (pp. 87-92). De la primera, fueron figuras destacadas Emilio Castelar, Joaquín Costa o Miguel Morayta; de la segunda, Francisco Pi y Margall y Antoni Aulestia i Pijoan (en el caso catalán), y Sabino Arana (en el caso vasco). A estas nuevas corrientes, hay que añadir otras aproximaciones a las historias nacionales a través del género pinturas de historia como «Cincinato abandona el arado para dictar las leyes» de Juan Antonio Ribera (1804-1807) o «La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos», de José de Madrazo, 1807. Con ellos se intentaba ejemplificar «el supuesto sacrificio de masas de toda una población, antes de caer en manos de un invasor extranjero» (p. 94).

Tras recorrer el largo siglo XIX, los autores introducen al lector en el complejo siglo XX a lo largo de tres capítulos. El primero de ellos (Capítulo V, pp. 99-122) aborda, tal y como indica su título, la renovación metodológica de las ciencias de la Antigüedad, así como el surgimiento de nuevos centros de investigación a partir de la recopilación de las fuentes clásicas. Algunos de estos nuevos proyectos fueron el Corpus Inscriptionum Latinarum (CIL) por Theodor Mommsen, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (1907) o la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades (1912). A esto había que añadir la profesionalización de la disciplina con las primeras cátedras de Arqueología e Historia Antigua, como las de Pierre Paris (catedrático de Arqueología e Historia del Arte en la Universidad de Burdeos) o, para el caso español, la de Antonio García y Bellido (catedrático en Arqueología clásica, 1931). A estos se sumaron variadas iniciativas, como las excavaciones de Numancia o las investigaciones del mundo tartésico de Adolf Schulten (profesor de la Universidad de Erlangen y arqueólogo), los trabajos de Rafael Altamira sobre la historia antigua española (p. 109) y los de Pere Bosch Gimpera con su perspectiva renovadora (p. 113), el caso de José Ortega y Gasset a través de La rebelión de las masas (1930); o de la recepción de la Antigüedad a través de la versión del poeta Rafael Alberti de la Numancia de Cervantes (pp. 115-116).

El segundo se centra en los cambios que se produjeron en la Historia Antigua con la llegada del franquismo a España (Capítulo VI, pp. 123-147). Una de las primeras consecuencias de la nueva situación política fue el exilio de más de un centenar de historiado-res; así como el desarrollo de una nueva historia bajo una serie de preceptos: «el mito nacional español, imperio y civilización, y el nacionalcatolicismo» (p. 124). De este periodo destacan algunas revistas como Jerarqvia (1936-1938), y figuras como Martín Almagro Basch, Antonio García y Bellido o Ramón Menéndez Pidal. Sin embargo, con la llegada de la década de los 60 y, especialmente, a partir de 1966, se inició una nueva etapa en la disciplina (Capítulo VII, pp. 147-172) gracias a la creación de las primeras cátedras específicas de Historia Antigua en España (p. 147), en las que figuraron, entre otros, Ángel Montenegro, Marcelo Vigil o José María Blázquez. Este último destacó por sus investigaciones y por fomentar los viajes al extranjero de sus discípulos para su formación académica. A esto hay que añadir la creación de algunas revistas como Hispania Antiqva. Revista de Historia Antigua (1971-), la celebración del I Congreso sobre Historiografía (1988), el congreso La formación del feudalismo en la Península Ibérica. Un balance historiográfico (1996), y la reflexión historiográfica sobre la materia (pp. 161-163).

Para terminar, los autores abordan el estado actual de la disciplina, las nuevas metodologías y los retos a los que los historiadores deben enfrentarse (Capítulo VIII, pp. 173-190). Así, afirman que estamos ante un nuevo estado de maduración, de depuración metodológica y de una mayor especialización (p. 174). Todo ello permite el fomento y desarrollo de nuevos proyectos y congresos como el congreso Antigüedad y franquismo (2002), la creación del Instituto de Historiografía (2003), el surgimiento de grupos de investigación especializados en la Antikenrezeption (ANIHO, IMAGINES, ANTIMO o «Marginalia Classica Hodierna»), o la publicación de obras que aborden la historia de la historia como Pasión por la Historia Antigua: de Gibbon a nuestros días (2021). Además de una mayor participación en el debate internacional a través de las publicaciones de investigadores españoles en revistas de otros países, o por el estudio de extranjeros sobre temas relacionados con la historia antigua de la península ibérica. A esto hay que sumar la presencia del cine y de otros ejemplos de la cultura en la que vivimos, una sociedad de masas. Por último, el libro concluye con un Epílogo (pp. 191-196) donde los autores reflexionan sobre los nuevos desafíos a los que se enfrenta la Historia Antigua y cómo debemos responder y «proponer una reflexión alternativa, sosegada y meditada» (p. 192).

En definitiva, esta obra ofrece una «visión panorámica» de las diferentes lecturas y estudios que se han realizado sobre la Historia Antigua en España desde el siglo VI d.C. hasta la actualidad (p. 7). Así, a través de un lenguaje claro, ameno y sencillo, el lector no especializado reflexiona a la vez que se hace una idea de cómo cada época ha percibido la Antigüedad clásica y qué usos se le ha dado hasta conformar propiamente la ciencia histórica. A la bibliografía específica para cada época, se suma un interesante aparato gráfico que incluye el retrato de algunas de las principales figuras de la historiografía de la Antigüedad española. A esto último, también ayuda la presencia de un índice onomástico y general (pp. 197-202). Por tanto, además de un recorrido historiográfico, asistimos también a un homenaje de todas aquellas figuras que han contribuido y contribuyen al desarrollo de las ciencias de la Antigüedad. Solo así se podrá responder a preguntas como de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos (p. 193).

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