por Juan Antonio Cano García (Universidad de Valladolid, Campus de Soria)
El presente trabajo nos muestra a una de las figuras más destacadas de la política y la prensa española como fue el malagueño Andrés Borrego, a través de su obra Historia de la revolución, publicada por primera vez en 1877 y no reeditada desde entonces, ha sido recuperada por la editorial Urgoiti dentro de su colección “Historiadores” con un amplio estudio introductorio a cargo del profesor Ricardo Martín de la Guardia.
Bajo el sugerente título de “Andrés Borrego. El fracaso del moderantismo liberal en España”, Martín de la Guardia realiza un detallado estudio de la trayectoria vital y política de Andrés Borrego que, en lo sustancial, nos muestra a un hombre comprometido con el liberalismo desde el pronunciamiento de Riego y la revolución de 1830 en Francia, hasta que, siendo casi septuagenario, acompañó al general Serrano durante la tercera guerra carlista. Junto a esta faceta de hombre de acción, tenemos a un teórico que intentó plantear soluciones de compromiso entre el liberalismo y la tradición española para evitar una radicalización del proceso revolucionario que podía ser tanto o más peligrosa para la causa de la libertad que la reacción absolutista, por lo que su actuación estuvo fundamentada en el establecimiento de un marco legal que garantizase tanto las libertades públicas –con especial incidencia en la libertad de imprenta– como el orden social. De esta manera, sería uno de los promotores del partido moderado o monárquico-constitucional y de la Constitución de 1837 a la que consideraba la gran oportunidad para reconciliar a la familia liberal española. Sin embargo, sus expectativas se vieron frustradas una y otra vez, de tal manera que, vio con frustración las sucesivas crisis políticas del reinado de Isabel II y el paulatino alejamiento de sus gobiernos del constitucionalismo hasta el punto de justificar el derrocamiento de la reina: “el trono es la garantía del orden, pero la libertad es la salvaguarda del Trono”.
Además de la faceta política, se estudia su amplia trayectoria periodística –inseparables la una de la otra en realidad– que Borrego se planteó como una tarea indispensable para lograr la educación cívica de los ciudadanos a través de la difusión de los principios del liberalismo, aunque, en realidad, su objetivo fueron siempre las clases altas a las que pretendió orientar para que mantuviesen una continua defensa del régimen constitucional. Con este objetivo fundó El Español, el primer ejemplo en España de prensa política aunque, teóricamente, al margen de los paridos y desde cuyas páginas, Borrego denunció los primeros problemas del estado liberal en España que se harían cada vez más patentes en las décadas posteriores como el fraude electoral, el pretorianismo, el centralismo o los negativos efectos sociales de la desamortización de Mendizábal.
Andrés Borrego realiza este trabajo con la intención de culminar su obra periodística ofreciendo al lector una visión imparcial de los sucesos que indica en el título, sin embargo –y sin que ello le reste veracidad–, también busca reivindicar su propia trayectoria sobre todo en lo que se refiere a sus esfuerzos por promover la consolidación de la monarquía constitucional y la concordia entre los españoles, tanto entre los propios liberales como con los absolutistas. Una labor infructuosa como se observa en la inestabilidad política que caracterizó el reinado de Isabel II y que achaca al egoísmo de los partidos políticos, incapaces de aceptar al adversario o respetar los cauces legales para acceder al poder. Una responsabilidad que achaca a todos comenzando por el partido moderado en cuya creación tuvo un destacado protagonismo pero que, desde 1845, adoptó una línea reaccionaria.
Tras ello Borrego inicia una descripción detallada del Sexenio Revolucionario o Democrático y los primeros años de la Restauración borbónica, desde la perspectiva de un testigo privilegiado por su estrecha relación con algunos de los protagonistas políticos de los hechos a los que siempre trata con respeto personal, incluso a aquellos más alejados de sus planteamientos políticos y con una especial consideración al general Serrano. Por ello, más allá del relato de los sucesos, bien conocidos la mayor parte de ellos, lo más interesante –a nuestro juicio– del trabajo de Borrego es su análisis crítico de un proceso por el cuál las esperanzas que había suscitado la Gloriosa se vieron paulatinamente frustradas por el egoísmo partidista o por proyectos políticos irrealizables como la monarquía democrática al ser encabezada por un rey lastrado a la hora de ejercer sus funciones por la falta de compromiso de los partidos políticos y, especialmente, el proyecto de república federal que –si bien considera que podía tener antecedentes en la tradición española– carecía de un verdadero apoyo en la mayor parte de España y podía dar lugar a una revolución social. Sus críticas tenían una clara fundamentación ideológica, sin embargo, no deja de ser sugerentes sus argumentos si consideramos que algunos de los problemas que intuye no han sido del todo resueltos en nuestro actual estado autonómico.
Pese a no mantener una postura abiertamente antirrepublicana, Borrego intentó corregir lo que él consideraba una deriva radical del nuevo régimen organizando un movimiento de opinión que aglutinase a las “clases educadas y poseedoras” como freno a una previsible revolución social, reflejo de la Commune francesa, de nuevo, su iniciativa no contó con el apoyo necesario, sobre todo por la negativa de los alfonsinos a participar al defender el mantenimiento de la legalidad vigente. Esta sería la actitud que mantuvo tras la disolución de las Cortes por el general Pavía, un acto que consideró inevitable para restablecer el orden y la propia legalidad republicana pese a la prevención que le causaba la intervención de los militares en política, de tal manera que el acceso al poder del general Serrano le pareció la mejor opción posible, pero su espíritu crítico no le impidió considerar un error que este hecho no hubiera sido legitimado por la voluntad popular por medio de una convocatoria de Cortes y, no menos importante, la política restrictiva que Sagasta siguió en materia de libertad de imprenta que dio amplias facultades a los militares para evitar las críticas en la dirección de la guerra: “la exagerada latitud dada entonces a lo que podemos llamar la inmunidad militar, ha podido muy bien servir de precedente a la agravación con que posteriormente se ha castigado la menor alusión o referencia a hechos que se relacionan con el personal del ejército” (p. 121), Borrego publica este texto, recordemos en 1877, tres décadas de la Ley de Jurisdicciones que supuso un verdadero retroceso de la libertad de expresión en España.
La misma intuición se le puede atribuir al juicio que le merecen las primeras iniciativas de Cánovas en el poder para institucionalizar la monarquía borbónica. Tras insistir en varias ocasiones a su paisano en la necesidad de seguir una política conciliadora hacia los “hombres del 68” y de buscar el apoyo en la opinión pública, observa como el nuevo régimen se va asentando por medios del clientelismo y la influencia que caracterizaría la política española hasta la caída de la monarquía que, eso sí, no fue tan inmediata como Borrego se temía.
A modo de resumen, nos encontramos con un trabajo de gran importancia y valor. Por una parte, por la oportunidad que nos ofrece Martín de la Guardia de conocer a una de las figuras más importantes del periodismo y la política de la España del siglo XIX y por el propio valor histórico del trabajo de Borrego para comprender la azarosa historia del siglo XIX español a través de una visión personal con la suficiente objetividad para confiar en su veracidad.
