Pasado y memoria, núm. 4, 2006

Por Francisco Sevillano Calero.

    En los primeros meses del año 2003, un grupo de historiadores puso en marcha una nueva editorial, Urgoiti, con el fin de colaborar en un primer esfuerzo común: la publicación de una extensa biblioteca de clásicos de la historiografía española; colección de una cuarentena de títulos que dirige Ignacio Peiró Martín, profesor de la Universidad de Zaragoza, con el título genérico de «Historiadores»(1). La oportunidad de tal iniciativa se vislumbra por el estado de la historia de la historiografía española, que el mencionado responsable de la colección diagnosticó señalando que «el mayor obstáculo para la ampliación del vigente campo de problemas lo constituiría la escasa información propiamente historiográfica existente en la actualidad, que impide no ya demostrar las hipótesis vigentes sino construir las nuevas»(2). Para solventar tal obstáculo, el profesor Peiró Martín señaló la necesidad de pensar la historiografía de modo más erudito y pluridisciplinar, en primer lugar con un trabajo conjunto que proporcione claves más complejas de lectura de los discursos y, asimismo, traspasando los historiadores de la historiografía la frontera que separa el amateurismo de la especialización(3).

    Las obras que han sido seleccionadas pertenecen al amplio período comprendido entre 1833 y 1975, durante el que evidentemente se formó la historiografía española contemporánea(4). Cada volumen no es una mera reedición de los principales hitos de tal bibliografía, sino una cuidada edición crítica, precedida de un amplio estudio preliminar en que se aborda la trayectoria vital del correspondiente autor, el análisis de su obra, el contexto en que se hizo, su difusión e influencia, siempre a cargo de destacados especialistas(5).

    El libro reseñado, De Caliclés a Trajano, de Santiago Montero Díaz –nacido en El Ferrol el 21 de enero de 1911– se ajusta a tal proyecto editorial; publicado en Madrid por el Instituto de Estudios Políticos en 1948, año en que Francisco Javier Conde ocupó la dirección de tal organismo –dependiente de la Vicesecretaría General del Movimiento–, el propio título marca los límites cronológicos de los temas tratados, que abarcan desde la época arcaica griega hasta el siglo II d. C. En esta obra, los estudios recopilados por Santiago Montero Díaz, entonces Catedrático de Historia Universal Antigua de la Universidad de Madrid, habían aparecido con anterioridad en distintas revistas –en los años 1943, 1944 y 1946–, a excepción del último, «Semblanza de Trajano», que lo fue en 1935, y el titulado «Filipo V y el sueño del Imperio», que había permanecido inédito aún siendo escrito en 1941. El subtítulo, Estudios sobre historia política del Mundo Antiguo, refleja, a su vez, la orientación general de los trabajos. El propio autor indicó, en una breve nota aclaratoria, que los mismos mantenían cierta homogeneidad en torno a dos problemas dominantes: la idea del estado mundial y el tema del poder personal.

    El responsable de la edición de esta obra, Antonio Duplá, natural de Zaragoza, es profesor titular del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad del País Vasco. Este estudioso de la crisis de la República romana, ya había publicado previamente el trabajo «Españolismo e Imperio: la figura de Trajano en la obra de Santiago Montero» (Actas del III Congreso de Historia de Andalucía, Córdoba, 2003, t. IV, pp. 225-234), acorde a su interés historiográfico por la utilización ideológica que los regímenes fascistas hicieron de la Historia Antigua y la arqueología clásica. Su extenso estudio preliminar al libro de Montero Díaz es muestra del alcance de sus aportaciones al respecto, que hay que enmarcar dentro de la labor llevada a cabo por varios historiográfos procedentes también del ámbito de la Historia Antigua en España(6).

    El estudio preliminar concluye con una exhaustiva bibliografía de Santiago Montero Díaz, desde sus dos primeros escritos aparecidos en 1929 hasta su última publicación en 1978, cuando se imprimió el discurso que leyera en la apertura de aquel curso académico de la Universidad Complutense de Madrid. Precisamente, estas dos fechas son indicativas del contexto histórico en que, a lo largo de cincuenta años, se produjo la experiencia vital e intelectual de Montero Díaz: la sanción a la libertad por la autoridad dictatorial –de Miguel Primo de Rivera, que apenas la Segunda República dejó atrás, cuando el final de la guerra civil consolidó el poder autoritario del general Franco–; una sanción, sólo superada en España con la aprobación de una Constitución democrática en diciembre de 1978, que Santiago Montero compartió como viejo militante de JONS antes de las sucesivas unificaciones –primero, con la Falange de José Antonio Primo de Rivera, que rechazó; después mediante el acto político de creación de FET y de las JONS el 17 de abril de 1937–. Entre el individuo y sus circunstancias, un medio: el lugar de la Universidad en los cambios habidos en la sociedad española.

    En tal complejo, el título del estudio preliminar, «Santiago Montero Díaz. Un itinerario historiográfico singular», destaca particularmente un aspecto: la peculiaridad de Montero Díaz en tal ámbito de conocimiento. Antonio Duplá traza esta trayectoria en los epígrafes segundo y tercero de su trabajo, apoyándose en semblanzas biográficas anteriores, amén de la revisión de algunos títulos de la bibliografía de Santiago Montero, quien murió en Madrid el 24 de julio de 1985. Así, Antonio Duplá escribe que: «la figura de Santiago Montero Díaz constituye también un caso peculiar en el terreno estrictamente historiográfico. Lo es por la temática de sus trabajos, por la bibliografía utilizada y, en particular, por su interés en la filosofía de la historia y en la historiografía» (p. XXVII). Al respecto, destaca la centralidad de la dimensión individual y la voluntad en la historia, de la importancia del cristianismo y el elemento espiritual, y de la concepción de la historia como universal. En concreto, la obra de Santiago Montero estuvo influida por el idealismo hegeliano, además de por la filosofía vitalista de Dilthey a través de los escritos de su discípulo Eduard Spranger, sobre todo su tipología de «formas de vida» (lebensformen), y por las categorías neokantianas de Heinrich Rickert. De este modo, creyó que era necesario restaurar el primado de la filosofía de la historia, a cuyo ámbito pertenece la historia universal, frente a las interpretaciones materialistas y racionalistas, así como a las grandes morfologías de Spengler o Toynbee.

    Antonio Duplá incide, asimismo, en la medida en que la concepción de la Antigüedad de Santiago Montero era acorde al estado de la disciplina en la primera mitad del siglo XX, sobre todo con el surgimiento de una historiografía fascista en Italia y Alemania acerca del mundo antiguo(7). En general, prevaleció una historia política, centrada en las elites y las virtudes morales de los pueblos y, particularmente, de sus elites dirigentes. Así, característica de tal historia política fue el estudio de las grandes personalidades, sus virtudes y su capacidad creadora. Un aspecto que muestra el carácter elitista del clasicismo en la historiografía europea del período de entreguerras. Precisamente, Antonio Duplá comenta cómo la prevalencia de la historia política y de las ideas, la exaltación de las grandes personalidades y sus excepcionales cualidades, y la concepción del Imperio como superador del localismo nacional se encuentran en la obra de Montero Díaz.

    A modo de resumen, Antonio Duplá destaca dos rasgos peculiares de éste en la historiografía española de su época. En primer lugar, su «eclecticismo», compartiendo una visión al mismo tiempo totalitaria y católica, en clave nacionalista, si bien A. Duplá matiza que: «A diferencia de otros autores, en Montero la tradición católica no difumina la influencia historiográfica externa, alemana en particular, que está siempre presente de forma notoria» (p. LV), además de insistir en lo distintivo de su preocupación metodológica.

    En segundo término, Antonio Duplá también resalta la «originalidad» de Santiago Montero. Al respecto, afirma que éste mostró, en el panorama historiográfico de la época, un escaso interés por la historia de España antigua, lo mismo que por historia de Roma, pues prestó mayor atención a la historia griega y helenística a partir de la crisis de la polis y el surgimiento nuevos Estados y dominios imperiales. Asimismo, Montero Díaz reconoció que la tradicional periodización de las cuatro edades responde a una visión estrictamente occidental, rechazando también las fechas concretas en la delimitación de tales períodos para asumir que el mundo medieval comenzó a partir de la crisis general de la Antigüedad con el declive de Roma y la formación de los reinos germánicos. Por otra parte, frente al predicamento de la arqueología y la filología clásica, Santiago Montero practicó un acercamiento propiamente histórico a problemas similares abordados por otros historiadores europeos de la Antigüedad. De la misma manera, creyó que las síntesis históricas eran tarea fundamental del trabajo del historiador. Finalmente, tuvo un notable conocimiento de la bibliografía especializada, manejando la obra de autores europeos coetáneos.

    Antonio Duplá vuelve a destacar algunos de estos rasgos específicos en relación con la obra De Caliclés a Trajano, recopilación que merece, en su opinión, una «valoración ambivalente», pues el libro fue un tanto anacrónico respecto a la historiografía europea de su época. No obstante, puntualiza que éste abordaba una serie de problemas, épocas y personajes poco tratados en la historiografía española de aquel tiempo, mostrando la formación y preparación de su autor, quien expuso los temas tratados con claridad y precisión.

    Estos pasajes –que inciden, a lo largo de las partes segunda y tercera de la presentación preliminar, en los aspectos más propiamente historiográficos de la obra de Santiago Montero Díaz– son los que mejor aborda Antonio Duplá. En la primera parte, expone correctamente la biografía académica y política de Montero Díaz, señalando bien el sentido de algún aspecto significativo de tal trayectoria. Quizá caben únicamente dos observaciones: una primera formal, pues estimo que hubiese sido más conveniente presentar la formación y carrera académicas de Montero Díaz conjuntamente con sus convicciones ideológicas y trayectoria política, y no separadas en sendos epígrafes, lo que produce una cierta reiteración. Otra posible puntualización es historiográfica, pues ciertos aspectos mencionados en esta primera parte hubiesen precisado de un tratamiento más profundo: la problemática del origen del fascismo en el marxismo, a partir del propio caso de Santiago Montero Díaz –y que sólo es mencionado, junto a una única referencia bibliográfica, correspondiente a un trabajo de Zeev Sternhell–, el tema del lugar de la Universidad, y la juventud universitaria, en los movimientos y los regímenes fascistas –no se hace referencia a sendas monografías sobre la universidades de Murcia y de Madrid durante los primeros años de la dictadura franquista, en las que Santiago Montero Díaz fue decano y catedrático–, y apenas se reflexiona sobre el carácter de la oposición universitaria a la dictadura en España, a excepción de breve tratamiento de los sucesos de 1965. Pero, sobre todo, la indagación sobre el personaje hubiera permitido una interesante reflexión teórica sobre la noción de intelectualidad, su compromiso, y lugar en el campo cultural. Este estudio preliminar ilustra, así, las indudables ventajas, pero también las consecuentes contradicciones, del trabajo pluridisciplinar.

(1) Véase el elenco de obras previstas para publicar, y de colaboradores en su edición, que aparece recogido en el Catálogo General. Colección «Historiadores», Pamplona, Urgoiti Editores, 2003, así como en la webhttp://www.urgoitieditores.com

(2) «Para una historia de la historiografía española», en Catálogo General…, p. 7.

(3) Ibidem, pp. 7-8.

(4) Véase, al respecto, PEIRÓ MARTÍN, Ignacio y PASAMAR ALZURIA, Gonzalo, Diccionario de historiadores españoles contemporáneos (1840-1980), Madrid, Akal, 2002.

(5) Una reflexión sobre el carácter «clásico» de los títulos que componen esta colección puede verse en CASPISTEGUI, Francisco Javier, «El discurso canónico en la historiografía: los clásicos españoles», Ayer, n. 60 (2005), pp. 311-335.

(6) Véanse, como ejemplo, las aportaciones reunidas en WULFF ALONSO, Fernando y ÁLVAREZ MARTÍ-AGUILAR, Manuel (eds.), Antigüedad y franquismo (1936-1975), Málaga, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2003. Asimismo, hay que mencionar las ponencias presentadas en el encuentro científico Un pasado imaginario: la antigüedad en la cultura y la propaganda del franquismo, Curso de verano Rafael Altamira, Universidad de Alicante, celebrado del 14 al 18 de julio de 2003.

(7) En este punto, Antonio Duplá destaca el trabajo de Mario Mazza, «Storia antica tra le due guerre. Linee di un balancio provvisorio», en DUPLÁ, A. y EMBORUJO, A., Estudios sobre Historia Antigua e historiografía moderna, Vitoria-Gasteiz, Anejos de Veleia Seria 6, 1994, pp. 57-80, reeditándose este trabajo de M. Mazza, con el mismo título, en STORCHI MARTINO, A. (ed.), L’incidenza dell’Antico. Studi in memoria di Ettore Lepore, Nápoles, 1995, pp. 145-171.

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